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Cada uno con su conversación y Bolsonaro en la de todos

2.2

Son casi las cinco en lo que debería ser una tarde más en São Paulo. El sol lleva un rato cayendo y las calzadas se han llenado de coches que circulan a trompicones entre semáforos y viandantes que no miran al cruzar la Rua Augusta, en pleno centro neurálgico de la ciudad brasileña, la más poblada de América Latina. Pero no acaba de ser una tarde normal. Si no, Richard y Otávio, veinteañeros dependientes en tiendas de ropa de la zona, uno negro y otro blanco, claramente gais, no habrían inventado el juego que hoy les entretiene mientras fuman un cigarro en un descanso del trabajo.

–Mira esa vieja de ahí, con la permanente y el collar. Esa, sin duda.

–Lógico. Y ese coche con las pegatinas de Cristo en la luna. Otro.

–¡Deus por acima de tudo!

El juego consiste en adivinar qué personas votaron por el ultraderechista Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas, la semana pasada, y qué rasgos les delatan. Unos porque parecen conservadores; otros, porque votarían a un candidato al que se acusa de ser “de las élites”; otros porque llevan signos evangélicos, machistas, racistas u homófobos. Cuando aciertan, siempre cae alguna broma, como la de “Deus acima de tudo” —Dios por encima de todo—, la frase con la que Bolsonaro acaba sus mítines. Y a su manera es a lo que están jugando buena parte de los brasileños: mirar al de al lado y preguntarse: ¿y si…?. ¿Y si esta persona colaboró en darle a Bolsonaro 49 millones de los votos en el primer turno, llenar el Congreso con sus aliados y alimentar una oleada de agresiones a negros, LGTBIQ y mujeres por todo el país?

Aquel domingo, Bolsonaro logró 49 millones de votos: prácticamente la mitad del electorado. Ahora, la posibilidad tangible de que el en la segunda vuelta del próximo día 28 se haga con la presidencia, horroriza a la otra mitad. Y en estas calles, donde todo parece normal pero se respira un ambiente crispado, no se habla de otra cosa. En la carrera por entrar en la cabeza de la gente, él ya ha ganado. “Luego que no se quejen de Bolsonaro”; “Bueno, mejor Bolsonaro que corrupción”; “Esto con Bolsonaro ya será mejor”; “¡Cuidado que viene Bolsonaro!”. En el camino hasta la rua Augusta se pasa por una veintena de siluetas de Bolsonaro y centenares de conversaciones cruzadas.

El candidato ultraconservador apenas sale de su casa, con el pretexto de que está recuperándose de la grave puñalada que recibió el mes pasado durante un acto electoral. Así que hace una candidatura al más puro estilo orwelliano de 1984: compareciendo en retransmisiones en directo por Facebook, comunicándose casi en exclusiva a través de las redes sociales y permitiendo que alguna cadena amiga le visite y le haga entrevistas hipercontroladas.

Luego están las siluetas que se ven por toda la ciudad, los grafitis pintados en las paredes, obra de sus detractores. A favor o en contra, se habla de él continuamente: en cierta manera, Bolsonaro no está en ninguna parte y está en todas. Un simple paseo por el centro de São Paulo lo atestigua. Está en la línea 4 de metro, donde un individuo con camisa de algodón a rayas y un chaleco gris escrutina en la pantalla su móvil memes con fake news a favor del ultraderechista. Lee detenidamente una y luego pasa a la siguiente. Parece tener varias. La gente a su alrededor también mira el móvil y se miran entre ellos. ¿Será o no será? ¿Estará leyendo para conocer al enemigo o será de verdad un bolsominion (como llaman a los seguidores ciegos de Bolsonaro)? Al llegar a la avenida Paulista, la arteria central de la ciudad, el hombre alza los ojos del móvil y mira a su alrededor, directamente a las personas que estaban leyéndole la pantalla. “Disculpen”, dice con aire recriminador. Se baja.

Menos cortés es la estampa, minutos después, en un restaurante de comida de Minas Gerais. En una mesa, una mujer y su hija adolescente discuten por culpa de la “izquierdopatía”, como los conservadores llaman últimamente al progresismo. La madre culpa a la izquierda de todos los males de Brasil; recuerda que el Partido de los Trabajadores de Lula da Silva estuvo en el poder durante 13 años y que el país está ahora en una grave recesión económica. La hija remueve el arroz con coco mientras recuerda, puntualmente, que a ella Bolsonaro no le gusta.

La mesa de al lado decide interceder. Dos mujeres en la treintena, con relojes y pendientes carísimos a cuestas, le explican a la niña que Bolsonaro no está bien. “Pero mira, peor es la corrupción, que este país no levanta cabeza de tanta corrupción…”. Acaban gritando, simultáneamente, junto con la madre. Son tres mujeres hablando a la vez sobre las virtudes del ultraderechista solo por un motivo: “No es el PT”. La chica, en minoría numérica y anímica, remueve un poco más el arroz con coco. La camarera acude a recoger la mesa y de camino echa una mirada de exasperación a su alrededor, como queriendo decir “esto está ocurriendo demasiado”. La retira súbitamente. ¿Y si…?

Vuelta la calle, por la avenida Paulista, la principal arteria de la megalópoli. “Si Bolsonaro gana, nos mudamos”. “Qué depresión lo de Bolsonaro”. “A ver si acaba ya el puto segundo turno y Bolsonaro es ya presidente”. Un tema recurrente es imaginar lo que se avecina. Quién puede quedarse sin trabajo, quién lo tendrá más difícil cuando este militar retrógrado llegue al poder. Los ataques a minorías se han disparado desde la primera vuelta: ha habido palizas, asesinatos y navajazos de gente que se sentía validada por el hecho de que un hombre que se ha retratado como un machista, racista y homófobo. Así que la imaginación de muchos está ya en lo peor. “Mis vecinos son dos hombres que viven juntos, ¿y si un día el vecino siente que puede darles una paliza? ¿Qué vamos a hacer, fingir?”, le dice una chica de ojos azules a un chico de pelo rizado, que asiente con gesto de “y qué quiere que haga yo”.

A las seis y media de la tarde una manifestación de repulsa a Bolsonaro pasa por la Paulista. Cientos de personas gritan contra el exmilitar. La policía los escolta. Ha comenzado a llover. Algún transeúnte les hace el corte de mangas al pasar. Al acabar, queda la lluvia en las calles. Eso y docenas de grafitis con la silueta del exmilitar. Algunos son bromas: Jesús es amor. Ele, não. (Él, no; una consigna de la de los críticos contra el político). Pero lo que hay son más grafitis: en el Museo Instituto Moreira Salles, la voz de Bolsonaro sale de un móvil cerca de la tienda de regalos. Es, probablemente, uno de los millones de memes con noticias falsas que, dicen los expertos, han secuestrado estas elecciones en favor del candidato de ultraderecha. El portador del teléfono, un hombre negro con una camiseta básica blanca y vaqueros claros, devuelve la mirada. ¿Y si…?

El País

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