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Cuando un amigo se va: Rafael Arias Hernández

Rafael Arias2

Confieso que no esperaba tener que hablar de lo que hoy quiero exponerles. Pero la noticia se adelantó a la expectativa y sucedió lo inevitable. Lo que a todos y cada uno nos sucederá.

Lo digo porque el tema de hoy es universal, es de aquí, de allá y de todas partes; es un tema de ayer, hoy y siempre.

Es sin duda, tema personal, pero también lo es colectivo y de todos, porque unos y otros, de una y mil formas, vivimos sensaciones especiales, cuando un amigo o ser querido se va.

A nuestro inteligente y leal Benjamín Sigüenza Salcedo, le llego su turno. Se ha ido para siempre.

Las palabras sobran y las explicaciones se quedan cortas. Los lenguajes enmudecen ante la obligada despedida. El inmenso peso del silencio y la ausencia avanzan. Sólo quedan luces de memoria y recuerdos.

¿Qué decir? Cuando días antes, René, otro gran amigo, como siempre solidario escuchó de viva voz sus expresiones y nos advirtió de la difícil y grave situación, del inmenso dolor que soportaba.

¿Qué decir? Cuando a las últimas reuniones de los miércoles, junto con José Luis, Hugo, Francisco, Javier, René y Andrés mismo, lamentábamos su obligada ausencia y, a distancia, le animábamos en su singular lucha por la vida.
¿Qué decir? Cuando de una y muchas formas nos enterábamos del firme apoyo que le brindaban Oti, su amorosa esposa y madre de sus hijos, Oli, Paty y Dani, todos siempre solidarios e incondicionales. Al igual que el cariño de toda la vida de sus hermanas: Guadalupe, Aurora, Yolanda y especialmente Silvia, la reconocida periodista y mejor poetisa xalapeña, con la que mantuvo una singular relación.
¿Qué decir? A ti, amigo por siempre, ahora que te has ido, déjame expresarte esas palabras que se anudan en la garganta y cumplir lo que me comprometí hacer.

Regreso de un obligado viaje, en el que me entero del deceso, de tu irremediable despedida.

Y aquí estoy, un paso antes o atrás, en la penumbra que la pertinencia aconseja, para no ser inoportuno.
Aquí estoy y no, me desvanezco también en los recuerdos.

No en los del inoportuno balance de virtudes y defectos, sino en la expresión viva de los afectos.

Veo y percibo el dolor de la partida, la expresión del adiós o el hasta luego, de familiares y cercanos; y de compañeros del IIESES.
Constato tu rechazo a rituales obligados, y despedidas sentidas o fingidas. Últimas palabras. Directo y claro el mensaje, que todo sea familiar, sencillo y rápido.

Espero en el silencio y la obscuridad de la ausencia me presiona, para expresar mi sentir; y mientras reflexiono, pienso y repienso qué decir o expresar.

¿Cómo asimilar el adiós? ¿O la inmensidad de la ausencia? ¿Cómo decir que la inevitable y esperada partida duele?

El silencio interviene y habla. Lo que busco no es expresión mística, ni posesión divina; tampoco obligada forma social o imitada cortesía. Recibe un simple y sencillo hasta la vista, te vamos a extrañar.

Pero te seguiremos sintiendo entre nosotros. Al fin y al cabo, si partir se sabe destino obligado, e imposible de evitar; también, se vive el eterno retorno que activan memoria, remembranzas y reminiscencias implantadas por los Dioses.

Nos aferramos a la idea de que, aunque la luz parece que se apaga, seguro resplandecerá al cruzar la puerta.

El sonido participa con bajas notas de tristeza y melancolía para, de repente, hacer sonora e intensa la alegría en algún recuerdo; desde “el geniecito malhumorado” que a veces te caracterizaba, que cambiaba emociones y situaciones del momento; hasta las ocurrentes anécdotas relacionadas, con tu mejor disposición para rememorar experiencias, ocurrencias y pésimos chistes que contabas, mismos que paradójicamente hacían reír o sonreír.

Cierto, hay también innumerables aspectos que dan razón y sentido a los momentos, proyectos, aventuras y juegos que con los amigos experimentamos.

Razón y sentido de vida, llena de amistosas pláticas o acaloradas discusiones que terminaban en recordatorios de madre. O de inigualables sesiones entre ases y reyes, patos y lotes. Luces de recuerdos que ahí quedan, como pruebas de haberse realizado.

Pero en algún momento se detiene y repite la noticia de la muerte, que no lo es, al concluirse el ciclo de la vida, ya que se extiende y persiste en la insistencia de los recuerdos que de muchas formas se manifiestan. La muerte es el olvido, por eso al vivir recordamos.
En efecto las remembranzas que se hacen presentes, que invocan y evocan al ausente, a lo que caracterizo su existencia. Son, en muchas formas, precisamente el tema que conocidos y desconocidos por momentos repiten y repiten al referirse, a la brevedad de la vida y a la inmensidad del amor experimentado.

Y así pasan el recuerdo y su eterna lucha con el olvido.

Inolvidable como, hace casi 52 años, nos conocimos. Como ante la injusticia de los “rechazados”, se materializo la oportunidad de estudiar la prepa, con la creación de la Escuela de Bachilleres Nocturna Artículo Tercero, aquí en Xalapa, logro educativo trascendental e inolvidable, de un grupo de idealistas, encabezados por Fidel Ordoñez y Carlos Méndez de la Luz.
Ahí cambiaron muchas vidas y ante la rebeldía juvenil, orientada en el esfuerzo y preparación cotidiana, se forjaron personalidades y entrañables amistades.

De aquellos singulares tiempos universitarios, nunca he olvidado, ni olvidaré tu valioso apoyo y el de otros amigos, para escapar en la cajuela de un carro.

En fin, de la experiencia de vivir surgen una y mil historias. Por ahora sólo quiero que sepas que estás y estarás con nosotros.
Benja y familia, reciban nuestro afecto y respeto: de mis hijas Mitzi , Yetzi y su esposo Ale; de mis nietos Mini, Rafa, Ale, Emi y Mateo; y, desde luego, de tu comadre, mi amada esposa Rocío.

Por lo demás la vida sigue, y claro que jugaremos una mano por ti, por todos los que hemos tenido la oportunidad de conocernos y…querernos.
Xalapa Veracruz, a casi una semana del fallecimiento.

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