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El eterno retorno de la crisis argentina

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Argentina es siempre Argentina a los ojos ajenos. Moderna, seductora y avanzada en los tiempos de bonanza; mentirosa, oscura, contradictoria y un mal ejemplo para el mundo cuando se hunde en el descrédito de una recesión económica. Hoy está en crisis, otra vez. Su futuro depende de un rescate del Fondo Monetario Internacional (FMI), el segundo desde junio. ¿Qué ha pasado con Argentina? ¿Y con Mauricio Macri, aplaudido por el mundo hace menos de tres años? El capitán Mac Whirr, el personaje ideado por Joseph Conrad como protagonista de Tifón, el mejor relato de tormenta jamás escrito, se empecina en no ver el peligro que se avecina. “Un estorbo es un estorbo, y una nave a plena potencia debe hacerle frente”, dice el viejo marino a Jukes, su primer oficial, aterrado ante las evidencias del barómetro que se desploma y el oleaje alto que llega desde lejos en un mar sin viento, signos de la catástrofe que los espera. El capitán ordena que el vapor Nan Shan avance hacia la tormenta. Como Argentina. Hoy, la tormenta ha estallado y el Gobierno de Macri necesita un bote salvavidas. Ha decidido apostar por soluciones ortodoxas, mientras promete que el futuro será mejor que el presente.

La apelación a las legendarias tempestades de Conrad no es caprichosa. El propio Macri dijo hace tres meses, cuando anunció la vuelta de Argentina al FMI, que su país enfrentaba “una tormenta perfecta” y necesitaba ayuda. Explicó entonces que el dinero estaba huyendo de los mercados emergentes producto de la subida de tipos de interés en Estados Unidos. Argentina, entonces, perdió de un día para otro la financiación externa con la que cubría sus números rojos fiscales. Para completar el cuadro, una sequía, la peor en 40 años, arruinó buena parte de la cosecha de soja, principal fuente de ingresos de divisas por exportaciones. “Se cierra el mercado, crece el déficit fiscal y la confianza internacional en el modelo deja de ser confianza para ser una duda sobre la sostenibilidad de la economía. Hay más déficit fiscal primario [el saldo previo al pago de intereses de deuda] y de cuenta corriente, y los inversores se preguntan de dónde saldrá la plata para cubrirlo”, explica José Dapena, director del departamento de Finanzas de la Universidad del CEMA.

El déficit no lo inventó Macri, lleva más de 70 años en Argentina. “Siempre hay variantes, pero esencialmente el problema es el mismo, una Argentina que gasta más de lo que produce. La clase dirigente, independientemente del partido que represente, choca contra ese problema. Lo que hace Argentina es patear la pelota para adelante tomando más deuda, y cuando se cierra el mercado está en problemas”, dice Guillermo Nielsen, exsecretario de Finanzas durante la primera gestión kirchnerista y asesor del grupo San Jorge en Madrid. Macri también “chocó” con el problema del déficit.

Ante la presión de los sectores más ortodoxos, que pedían un ajuste del gasto duro y veloz, el presidente contestó con “gradualismo”. Su lectura fue que la situación social heredada, con más del 30% de pobreza, y la debilidad política de una Administración no peronista y en minoría en el Congreso, no dejaba espacio para cirugía mayor. El gradualismo se financió con deuda externa, ahora que los mercados se deshacían en elogios hacia Macri y buscaban la mayor rentabilidad posible en activos de riesgo. Según los últimos datos oficiales del Ministerio de Hacienda, al 31 de marzo de 2018, Macri sumó a la deuda externa argentina 90.816 millones de dólares. Semejante cantidad de dinero puso al equipo económico ante otro reto: el control de la inflación, otro problema endémico en Argentina.

“La entrada de capitales generó más impresión de moneda y obligó al Banco Central a emitir bonos para neutralizar el exceso de pesos. Esos bonos crearon un caldo de cultivo complicado, porque para evitar que los pesos se vayan al dólar, y de ahí a los precios, Argentina tuvo que pagar intereses cada vez más altos”, dice Dapena. En el momento de mayor presión sobre la cotización del dólar, las Lebac, como se llamaron los bonos, sumaban 1,4 billones de pesos, un pasivo equivalente a unos 70.000 millones de dólares. La mecha de la bomba ya estaba encendida.

El problema fue que todo el modelo era sostenible en un contexto de crecimiento económico que permitiese bajar la tasa y aumentar la demanda de dinero. Pero el PIB no creció, las tasas subieron y la demanda de dinero cayó. “El déficit fiscal no puede crecer a mayor tasa que el PIB, porque eso no es sostenible. Eso pasó acá, sube la deuda y no sube el PIB”, dice Dapena. La apuesta salió mal y la economía argentina se encuentra ahora en graves problemas. “Argentina fue uno de los países con crecimiento de deuda más acelerado y eso genera un problema muy importante. Más del 60% de la deuda es en dólares y eso aumenta la necesidad de dólares para financiarla”, dice Mercedes Marcó del Pont, extitular del Banco Central entre 2010 y 2013. ¿De dónde puede sacar esos dólares? “Aquí es cuando entra el FMI, porque ya no hay fuentes voluntarias de provisión de capitales”, explica Dapena.

Para salir del atolladero, Macri apostó, como hizo el presidente Fernando de la Rúa en 2001, al déficit cero y al Fondo como prestamista de última instancia. Para alcanzar el equilibrio fiscal primario en 2019, el Gobierno subió impuestos a las exportaciones, otra vieja receta que puede tener un efecto recaudatorio contrario al esperado. “En 2000, De la Rúa subió impuestos y la base imponible cayó, porque cuando hay recesión se vende menos. Pagas entonces el costo político de una subida de impuestos pero recaudas menos. Eso es un riesgo, porque el presupuesto de 2019 está planteado sobre cierta estabilidad de la actividad económica”, advierte Dapena. Los agroexportadores ya han comenzado a retener granos, a la espera de que el dólar suba aún más y reduzca así el peso del nuevo gravamen.

Para Marcó del Pont, el error de fondo es pensar que el déficit es el principal tema a resolver. “En un país subdesarrollado como Argentina, muy apoyado en exportaciones primarias, el problema viene por la insuficiencia de dólares. El problema no es tanto que faltan pesos, sino que faltan dólares, cómo se financia el desequilibrio de la cuenta corriente [el saldo de todas las operaciones entre residentes y no residentes], que empeoró”, dice. La solución fue el endeudamiento. “Pero los mercados se han dado cuenta de los problemas de solvencia externa y el déficit cero no resuelve esos problemas”, dice la economista.

En junio pasado, Macri anunció un rescate del Fondo por 50.000 millones de dólares. El FMI entregó de inmediato 15.000 millones de dólares y dividió el resto en cuotas supeditadas a auditorías periódicas sobre el cumplimiento de los compromisos asumidos por Argentina. Pero bastó un día para que las metas acordadas volaran por los aires. El jueves 30 de agosto, mientras los empresarios y banqueros más importantes del país debatían sobre el futuro de la Argentina convocados por el Council of the Americas en un hotel de lujo en Buenos Aires, el peso argentino se depreció un 14% y la tasa de interés de referencia trepó hasta el 60% para seducir a los inversores de que mantengan sus posiciones en pesos y no huyan hacia el dólar. El jueves negro fue la respuesta del mercado al anuncio de Macri realizado 24 horas antes, acerca de una nueva petición al FMI para que adelante a 2019 los fondos que había comprometido hasta 2021.

La negociación en Washington está abierta y de su resultado depende la suerte de Macri como piloto de tormentas. El ministro de Finanzas, Nicolás Dujovne, viajó la semana pasada a Washington y prometió al directorio del Fondo más ajustes hasta alcanzar el déficit cero para 2019. El acuerdo inicial preveía un déficit fiscal primario del 1,3% para el año próximo y el equilibrio fiscal para 2020. La oferta no está exenta de problemas, según advierte Nielsen: “Macri le pide al FMI que adelante los desembolsos a 2019, que es cuando termina su Gobierno. Si no se financia ni 2020 ni 2021, van a dejar un Gobierno que tendrá obligaciones con el FMI pero que no tendrá apoyo financiero. Es difícil que el Fondo quiera entrar en una variante como esta”.

La apuesta por el FMI busca tranquilizar a los inversores, que desconfían ahora de la capacidad de pago de Argentina y de su fortaleza política para cumplir con sus promesas. Daphne Wlasek, estratega experta en macroeconomía de la operadora de valores XP Securities, advierte desde Nueva York que “los inversores han estado enfadados durante mucho tiempo con Argentina”. “Incluso si ahora aseguran que van a cumplir con la meta de déficit cero y que no van a ir para atrás, la confianza no se va a restaurar hasta que se alcancen los objetivos. Uno de los principales errores del Gobierno argentino ha sido la comunicación. En un país con una larga historia de defaults, el mayor problema ha sido la ausencia de una mea culpa, de pedir disculpas a los mercados”, asegura Wlasek.

Si los mercados esperan una disculpa, las urnas dirán en las generales de octubre de 2019 a cuánto asciende la factura que los propios argentinos están dispuestos a cobrarle a Macri por el descalabro. La crisis se siente en la calle. La inflación impacta directamente sobre los índices de pobreza y si la situación no mejora pronto habrá una profundización de todas las cifras negativas.

La devaluación del peso en más de un 50% en 2018 ha hecho que se desplomen los salarios argentinos medidos en dólares hasta niveles de 2009, en plena crisis económica mundial, según estimaciones privadas. Por primera vez desde ese año, este septiembre el salario promedio ha caído por debajo de los 800 dólares. En el ranking regional elaborado por el Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad de Avellaneda, Argentina ha pasado de tener el salario mínimo más alto en dólares en 2015 a caer al séptimo lugar, con 263 dólares, por detrás de Uruguay (452 dólares), Chile (443), Ecuador (386), Paraguay (362), Bolivia (296) y Perú (282). Los aumentos de sueldos pactados este año con los sindicatos son de un promedio del 25%, muy por debajo de la inflación estimada, del 40%.

El jueves pasado, la oficina de estadística confirmó además que la inflación de agosto fue del 3,9% mensual y del 34,4% interanual. Las previsiones para septiembre no son mejores: la subida de precios rondará el 6%, porque reflejarán los efectos de la depreciación del peso registrada en agosto. “El proceso de formación de precios está muy dolarizado. Y el pass through [pase] de Argentina de devaluación a precios es de los más altos del mundo”, explica Marcó del Pont.

Sólo será cuestión de tiempo que la crisis tenga efectos concretos sobre el mercado de trabajo. A la espera de datos oficiales, estudios privados reflejan al menos un estancamiento alrededor del 7,2% registrado en diciembre pasado. Según un informe de Manpower Group, la expectativa neta de empleo para este año es tan sólo del 1%, la cifra más baja de los últimos dos años. Sólo el 9% de los empresarios consultados tiene previsto aumentar su personal, el 8% cree que reducirá la plantilla, mientras que el 79% no prevé cambios.

Mientras tanto, la deuda pública no ha dejado de crecer, hasta sumar en el primer trimestre 331.481 millones de dólares, según cálculos oficiales. La cifra representaba el 59,6% del PIB. Pero las cifras son anteriores al rescate del FMI pactado en junio y a la colocación de bonos y de letras al Tesoro. Las nuevas fuentes de crédito, sumadas a la brusca depreciación del peso —ya que casi el 70% de la deuda argentina está en dólares—, han disparado la deuda hasta niveles cercanos al 80% del PIB, de acuerdo a consultoras privadas. Y, como dice Nielsen, “cuando pasaste el 70%, cualquier cosa es peligrosa”. Las opiniones sobre el futuro están divididas. Nielsen dice que lo más importante es resolver “al menos lo que ya sabemos”: la inflación estará este año por encima del 40% y el PIB caerá entre 2,2% y 2,5%. “El escenario no deja demasiadas opciones”, advierte. Marcó del Pont no tiene muchas expectativas porque “el consumo se ha desplomado, las empresas han perdido rentabilidad y las exportaciones caen porque el contexto es complicado”. Para Dapena, en cambio, puede que en algún momento “se alineen otra vez los planetas” a favor de Argentina. “El tipo de cambio se está resolviendo”, dice, “y la cuenta corriente ya toma nota de la depreciación del peso. Se espera además una buena cosecha de soja para el año que viene”. ¿Y los inversores creen que Macri podrá cumplir con sus compromisos ante el FMI? “El objetivo de déficit cero para el año que viene es muy realista y confío en que van a poder cumplirlo”, responde Wlasek. En cualquier caso, todos podrán recordar que, aunque convertida “en una nave en estado ruinoso”, el Nan Shan del capitán Mac Whirr llegó finalmente a puerto.

El País

 

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