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El primer día de Colombia en paz con las FARC

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El Plan de Desarrollo ya no será puro rollo: Uriel Flores Aguayo

Colombia vivió este lunes un amanecer inusual, impensable para muchas generaciones. Fue el primero sin guerra entre el Estado y las FARC. O al menos el primer día en 52 años en el que la Fuerza Pública tenía la orden de no atacar a la guerrilla, a sabiendas de que los cerca de 8.000 miembros de esta tenían el mismo dictado. En Colombia aún queda una guerrilla activa, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), y varios grupos neoparamilitares. La violencia no va a desaparecer de la noche a la mañana, pero el alto el fuego permite celebrar que el país dejará de acumular miles de muertos por la sinrazón de la guerra con las FARC.

En el caso de Bogotá sonaron algunas sirenas, replicaron campanas, pero la festividad en las calles no se percibió, no al menos como el día en que se anunció el acuerdo de paz, la semana pasada. Sería injusto, no obstante, decir que la gente no se alegró del silencio de los fusiles. Los medios locales conectaron con algunos de los lugares más golpeados por el conflicto en la Colombia rural para trasladar mensajes de optimismo. En la capital, donde hace mucho tiempo que la guerra se dejó de sentir como sí ha sucedido en lo más profundo del país, hubo quienes se recluyeron en sus casas –algo muy habitual entre los colombianos- para brindar por el fin de más de 50 años de terror, quienes inundaron las redes sociales de mensajes de celebración, al tiempo, eso sí, que lloraban la muerte de Juan Gabriel. Sin embargo, fue una clara ocasión perdida para aquellos que tratan de impulsar las campañas a favor de los acuerdos en el plebiscito del próximo 2 de octubre.

A la paradoja de que las élites de las ciudades, quienes más han dejado de sufrir el conflicto en carne propia desde hace años, sean los más reacios a los acuerdos con las FARC, y también, según los analistas, los que menos se movilizarán a la hora de votar en la consulta, van destinados la mayor parte de los mensajes institucionales desde hace semanas. Uno bastante ilustrativo fue el que hizo este lunes la canciller, María Ángela Holguín, pieza determinante en la fase final de las negociaciones, acaso una de las pocas personas entre los negociadores que logró establecer una suerte de empatía con los guerrilleros, lo cual no deja de ser llamativo si se tiene en cuenta que pertenece a una de las familias más tradicionales de Colombia: “Uno se pone a pensar qué nos pasa a los que nos ponemos a opinar desde la comodidad de la casa o un club, lo que uno conversa jugando al golf o tomando whisky. ¿A quién va a ayudar realmente y va a dar una oportunidad distinta? A la gente que ha vivido la guerra. Es lo que tenemos que pensar, si es la comodidad la que nos lleva a decir sí o no, o la necesidad de un cambio para volver a ser un país normal”.

La intensidad del conflicto se había reducido ostensiblemente en el último años, pero el fin de los ataques entró en vigor desde la medianoche del lunes. El Gobierno ha pedido a Naciones Unidas que, en la medida de lo posible, agilice los protocolos de verificación del cese al fuego. El 23 de junio se acordó que esta se realizaría después del acto de la firma final, entre el 20 y el 26 de septiembre, sin que aún se haya concretado el día concreto ni el lugar. La canciller abrió la posibilidad incluso a que haya un acto especial en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas, que se celebrará esas fechas. El Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, confirmó, no obstante, que los protocolos pactados en junio con la guerrilla para el cese al fuego rigen desde este lunes. Es decir, después de décadas dándose plomo, el Ejército y las FARC trabajan ahora conjuntamente –y comparten información- para coordinar el movimiento de los distintos frentes a las zonas de verificación. Una vez lleguen a esos lugares, la guerrilla tendrá 180 días para concluir su desarme e iniciar el proceso de reintegración a la vida civil.

El galimatías jurídico que suponen muchas de las partes del acuerdo final, 297 páginas de una prosa complicada de aterrizar en los ciudadanos, juega desde luego en contra de los intereses del sí. De ahí que Jaramillo fuese categórico este lunes con una ‘traducción’ de los esfuerzos de los negociadores que todo el mundo pudiese entender: “Si no muere un colombiano más por cuenta de este acuerdo, habrá merecido la pena”.

En estos días de mensajes simbólicos hay uno sin duda que marca un antes y un después en la historia de Colombia por lo quimérico que resultaba hace no tanto. El del máximo líder de las FARC, alias Timochenko, el mismo que enfundado en una camisa verdeoliva llenó de verborrea durante años sus comunicados desde las montañas de Colombia. El domingo, lanzó un mensaje de reconciliación, vestido con guayabera y desde el Nacional, un hotel de cinco estrellas en La Habana: “A los soldados, marinos, pilotos de la fuerza aérea, policías y organismos de seguridad e inteligencia del Estado, queremos manifestarles nuestra clara y definida vocación por la reconciliación. Las rivalidades y rencores deben quedarse en el pasado. Hoy, más que nunca, lamentamos tanta muerte y dolor ocasionados por la guerra”.

El País

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