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El régimen de la corrupción

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Jesús Silva-Herzog Márquez

Hace más de treinta años Gabriel Zaid expuso la verdadera naturaleza del régimen autoritario mexicano. La corrupción, escribía en Vuelta “no es una característica desagradable del sistema político mexicano: es el sistema”. (“La propiedad privada de las funciones públicas”, noviembre de 1986). La mordida no era una anécdota, era la médula del régimen. El sistema, explicaba Zaid, consiste en “disponer de las funciones públicas como si fueran propiedad privada”. Mucho ha llovido desde que el poeta ingeniero escribiera esas líneas. Concluiría el sexenio que propuso la “renovación moral de la sociedad”, accederían al poder los técnicos que buscaban catapultar al país al primer mundo, se cambiarían una y otra vez las leyes electorales, habría de nacer el IFE, y una multiplicidad de órganos autónomos. Sucedió lo que parecía impensable en el 86: el PRI perdió la Presidencia, el Presidente dejó de ser emperador, la izquierda se hizo cargo de la capital de la República, se hicieron habituales las alternancias en municipios y estados. Desapareció el gobierno unificado. El PAN ocupó durante doce años la Presidencia de México. El Presidente encaraba la oposición de la mayoría en el Congreso.

Tres décadas de cambios políticos profundísimos. Para un mexicano de los años ochenta, el México de 2017 sería irreconocible, no solamente por la violencia que hoy nos lastima sino por la intensidad de la competencia y de la incertidumbre que vemos ya como habitual. Le sorprenderían seguramente la debilidad de la Presidencia y la intensidad de nuestros pleitos públicos. Y sin embargo, el núcleo de la política sigue siendo el mismo. Nuestro régimen es la corrupción. Hoy podríamos decir lo mismo que decía Zaid en 1986: la corrupción no es una marca molesta del sistema. La corrupción es el sistema. Es el sistema mismo porque la corrupción se inserta en la lógica del poder desde que éste funda su legitimidad en el voto. Para competir hay que capitanear clientelas, comprar cobertura en los medios, desviar fondos de la hacienda pública. Las elecciones son la primera escuela de la corrupción en México. Bueno… tal vez la segunda. La primera escuela de la corrupción en México es la escuela.

La corrupción es el principio de la política mexicana porque es la sábana que cubre a todos los agentes políticos. Muchas estampas de rivalidad podremos recordar en años recientes. Polarización, desacuerdos en el Congreso, pleitos públicos, movilizaciones y vetos, antagonismos, bloqueos. Pero, debajo de la discordia se tejió un pacto entre los partidos políticos. Se trataba de un acuerdo subterráneo para repartir los beneficios del poder y para cuidarse los unos a los otros. Debajo de la rivalidad es perceptible la colusión entre los competidores. Los partidos definen las reglas del juego, se reparten las ganancias, nombran a quienes han de vigilarlos, castigan a quienes los amenazan. A los medios pueden igualmente premiarlos o castigarlos. La cartelización de los partidos políticos ha significado la abdicación de las instancias de control, la renuncia del Congreso a actuar como contrapeso auténtico. La corrupción desnaturaliza la democracia, la pervierte, la pudre.

Por todo esto, no extraña la oposición de buena parte de la clase política al Sistema Nacional Anticorrupción. Defiende un régimen que advierte amenazado; se aferra a una manera de entender la política y de beneficiarse de ella; cuida una forma de ejercer el poder. Quizá lo que sorprende es el descaro con el que ha tratado de minarlo desde antes de su nacimiento. Cuando se haga la historia de este intenso proceso se verá con claridad la resistencia de los actores políticos a la rendición de cuentas. En este capítulo puede leerse, en efecto, una síntesis de las tensiones del presente. El gobierno y sus aliados hicieron hasta lo imposible para someter o ablandar el Sistema Nacional Anticorrupción. Para descarrilar el proyecto recurrieron a medidas abiertamente autoritarias: amenazar con los látigos del fisco a los promotores de la reforma y espiar para intimidar activistas. Han postergado nombramientos clave y negado los recursos indispensables para que se ponga en movimiento la compleja maquinaria del sistema. La estrategia ahora parece ser promover la deslegitimación de sus procesos y el desprestigio de sus integrantes. La viscosa corrupción y las artimañas autoritarias siguen tan vivas como siempre.

Reforma

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