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El Vaticano supo al menos hace 55 años que curas de Pensilvania violaban niños, y los dejó operar

Audiencia general del papa Francisco

“Cuando tenía 10 años llegó a la parroquia y comenzó con los tocamientos, a los 11 ya me había violado […] Destrozó mi alma y se llevó mi infancia”, explica John Delaney a Efe, una de las víctimas de los abusos de sacerdotes de la Iglesia católica en EU, desvelados en un escalofriante informe.

La Corte Suprema de Pensilvania publicó esta semana un reporte de un gran jurado que documenta 300 supuestos casos de “sacerdotes depredadores” sexuales en seis de las ocho diócesis del estado, tras investigar denuncias de abusos de menores, y en el que identifica a mil menores como víctimas desde 1940.

El Vaticano se habría enterado de las historias desde hace décadas. La Santa Sede aparece desde 1963 en la investigación y la última vez en el 2015. Y hasta 45 veces aparece la palabra “Vaticano” en el informe del Gran Jurado de Pensilvania.

El jurado investigador documentó en su informe cómo los sacerdotes pederastas eran protegidos con frecuencia por la jerarquía eclesiástica o transferidos a otros destinos sin que se informara a los fieles sobre el historial de depredación sexual de esos curas.

Como consecuencia del encubrimiento, casi todos los casos son demasiado antiguos como para ser juzgados, ya que la mayoría son anteriores al año 2000, aunque el jurado subrayó que ha emitido acusaciones contra un sacerdote de la diócesis de Greensburg y otro de la de Erie, que presuntamente ha estado abusando de menores en la última década.

Delaney, que ahora tiene 48 años, fue una víctima de los religiosos.

“Se llevó mi infancia, y eso es algo que no se puede recuperar. Me convenció de que mis padres sabían lo que estaba haciendo y lo aprobaban, que era algo que no estaba mal”, agrega en una entrevista telefónica con Efe al recordar los abusos del cura James Brzyski, considerado uno de los más brutales de la archidiócesis de Pensilvania.

Los abusos se produjeron en la década de 1980 en un barrio del noreste de Filadelfia, donde el nuevo párroco comenzó a reclutar a los monaguillos que le asistirían en la misa.

“Fui uno de los escogidos: a los 10 años me tocó, a los 11 ya me había violado”, indica.

Delaney dice que su comportamiento cambió totalmente tras los abusos de Brzyski, quien falleció en 2017 sin ser condenado, ya que pasó de ser un chico tímido y estudioso a ser violento y faltar a clase constantemente.

“Mis padres me llevaron a este sacerdote para que me aconsejara. No sabían que justamente me estaban enviando al depredador”, lamenta aún emocionado.

Como muchas otras víctimas, Delaney sufrió problemas de alcoholismo y drogadicción en los años posteriores, y tuvo que abandonar Filadelfia abrumado ante el recuerdo del sacerdote pederasta.

“Me mudé hace más de 11 años. Era demasiado. No podía pasar por delante de la iglesia, tenía demasiados recuerdos. Me era imposible estar en determinados lugares, despertaban emociones terribles”, subraya.

“Y todavía tengo que lidiar con ello -añade-, está conmigo todos los días”.

Delaney carga contra la impunidad generalizada en la Iglesia católica, puesto que al sacerdote “lo habían trasladado previamente de tres parroquias, con sigilo, pese a que sabían que abusaba de niños y era un pedófilo confeso”.

“Honestamente, creo que los seminarios son criaderos de pedófilos. Los pederastas se encuentran en un lugar seguro dentro de la Iglesia. Tienen acceso a niños, y la gente confía en los sacerdotes. Los pederastas se esconden tras sus sotanas y saben que la Iglesia los va a proteger si se meten en problemas”, reflexiona.

Tras más de 15 años trabajando en la organización SNAP, que ayuda a víctimas de abusos sexuales, critica la hipocresía de la jerarquía católica y desconfía de las disculpas vertidas tras el informe en Pensilvania.

“Sabían perfectamente que se estaba abusando y violando a niños, y no hicieron nada. Las oraciones no significan nada. Solo se disculpan ahora porque les descubrieron”, denuncia.

Especialmente frustrado se encuentra con la inacción del papa Francisco: “Tenía esperanzas con este papa, pensé que iba a actuar. Pero solo he visto palabras, más de lo mismo”.

Por eso, a juicio de Delaney, lo más doloroso es el encubrimiento, que considera que “es casi peor que el abuso”.

Como consecuencia de ello, y de que casi todos los casos son demasiado antiguos como para ser juzgados ya que son anteriores a 2000, no habrá justicia para las víctimas.

Aunque sigue rezando la misma oración al irse a dormir, afirma que se ha distanciado del sentimiento religioso.

“No creo en el Dios que la Iglesia católica me enseñó a creer. Dios no estaba a mi lado cuando fui violado. Grité pidiendo ayuda, y no acudió”, zanja.

El escándalo provocado por el informe de abusos sexuales en Pensilvania ha sacudido los cimientos de la Iglesia estadounidense con una fuerza similar a lo sucedido hace pocos meses en Chile. Tras varios días de silencio, el Vaticano ha reaccionado a las acusaciones: ha calificado los hechos de “horribles crímenes” que provocan “vergüenza y dolor” en toda la Iglesia.

Tras conocerse que el Papa va a expulsar a dos de sus asesores por casos de pederastia del grupo que le asesora en la reforma de la Curia romana, el Vaticano emitió un comunicado en el que condena “inequívocamente” el abuso sexual de menores, subraya la nota emitida esta noche por la Sala Stampa. “Los abusos descritos en el informe son criminales y moralmente reprobables” y “han traicionado la confianza y han robado a las víctimas su dignidad y su fe”.

El comunicado añade que “la Iglesia debe aprender duras lecciones de su pasado, y exige asunción de “responsabilidad tanto por parte de los abusadores como por parte de aquellos que permitieron que se produjera”.

Ayer, un obispo de Pensilvania mencionado en el informe de un jurado investigador sobre casos de curas pederastas dijo el viernes que sintió un “profundo remordimiento” y ofreció sus “sinceras disculpas” a las víctimas.

Desde hace décadas, las víctimas y sus defensores han lamentado que altos clérigos católicos pusieron repetidas veces la reputación de la Iglesia por encima de sus obligaciones de proteger a los niños de los daños causados por sacerdotes pederastas.

En un indicio de que el Papa Francisco quiere poner fin a esa forma de pensar generalizada entre la jerarquía eclesiástica, recientemente aceptó la renuncia de Theodore McCarrick, exarzobispo de Washington, a su rango de cardenal por presunta conducta sexual indebida.

El prelado es el primero que pierde su rango de cardenal en un escándalo de pederastia.

Sin Embargo

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