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La lección de Bolsonaro

1.2

Hace sólo un año, Jair Bolsonaro era tratado como una suerte de chiste. Una broma que sólo daba miedo cuando uno se dejaba llevar demasiado por el juego de los “y si”. ¿Y si alguien empieza a hacerle caso? ¿Y si comienza a subir en las encuestas? ¿Y si gana?

El domingo el juego terminó. Las risas entre sus críticos, también. Superó hasta los sondeos más optimistas, que en cualquier caso ya venían detectando su crecimiento. Al mismo tiempo, la esperanza florecía entre los ideólogos reaccionarios y autoritarios de toda Latinoamérica. Porque la historia de Bolsonaro es la de un emprendedor político. Uno que supo leer mejor que nadie el contexto en que se encontraba, y aprovecharlo para consolidar una demanda gracias a tres factores cruciales: polarización, guerra cultural y erosión institucional. Factores que han venido determinando no sólo la política brasileña, sino la del conjunto de la región. Así que es natural que los otros bolsonarospotenciales sueñen ahora con repetir la hazaña en sus respectivos países.

La ola rosa de Gobiernos izquierdistas que dominó Latinoamérica en la pasada década se saldó con efectos desiguales. En Brasil, el Partido de los Trabajadores de Lula y Rousseff gozó de simpatía casi hegemónica mientras duró la parte alcista del ciclo económico. Los beneficios del crecimiento se repartieron de manera más equitativa que nunca, con lo que una mayoría de brasileños identificaron su bienestar con el PT. Pero al llegar la inevitable cuesta abajo, las culpas se repartieron igual que sucedía con las bendiciones. Entonces se abrió el primer espacio para la división del electorado en dos mitades: no en vano, Bolsonaro siempre se ha presentado como el candidato anti PT. Este mismo mecanismo puede funcionar incluso en países con indicadores de fragmentación ideológica y social relativamente bajos para la región, donde el ciclo tiene efectos más suaves. Por ejemplo, Chile. Allí, parte de la derecha celebró el triunfo de Bolsonaro. Lo hizo, por ejemplo, José Antonio Kast, líder de corte nacionalista y reaccionario, que leyó el resultado como “una señal categórica de rechazo a la izquierda fracasada de Latinoamérica”.

Últimamente, las cuestiones materiales han dominado la batalla ideológica en el continente. Pero las divisiones de orden cultural, jamás desaparecidas, están ganando protagonismo en América como en el resto del mundo. Los nuevos reaccionarios se ven y presentan a sí mismos como salvadores de la moral nacional frente a la supuesta degradación de tradiciones, costumbres y tejido social. No es casualidad que Jair Bolsonaro ganase fama hace siete años haciendo campaña contra “la propaganda homosexualizadora”. En 2011, el entonces ministro de Educación (y hoy, casualmente, candidato presidencial del PT que se le enfrentará en segunda vuelta), Fernando Haddad, era la diana preferida del ultra. Le culpaba del reparto de lo que tildó como “kit gay” en las escuelas: eran, sencillamente, unos materiales para la prevención de la homofobia. Bolsonaro los disfrazó como la prueba definitiva del intento de lavado de cerebro a los niños brasileños contra las familias heterosexuales. Cualquier colombiano recordará al leer esto que una polémica calcada tuvo lugar en 2016, cuando la derecha uribista se aprovechó de la misma manera de los proyectos por la igualdad promovidos también desde el Ministerio de Educación. Los debates sobre el aborto, la violencia de género o la presencia de la religión en la vida pública que se han afianzado de norte a sur son variaciones de lo mismo. En todos ellos, un espectro progresista se enfrenta bien a las reticencias de los conservadores tradicionales y de la izquierda nacionalista tradicional, bien a un intento de regresión como el que propone Bolsonaro.

En teoría, el argumento de una supuesta necesidad imperativa de detener al progresismo cueste lo que cueste debería servirle tanto al centro-derecha moderado y al autoritarismo ultra. Pero este se encuentra en mejor posición de aprovecharlo. No sólo porque se puede presentar como una alternativa más decidida en el plano cultural, sino porque tiene la posibilidad de vestirse con los ropajes antiestablishment. El uso de las instituciones como arma partidista ha sido paradigmático en el Brasil de los últimos años: por parte del PT, primero, y de sus adversarios tradicionales, después, en el ciclo que va del impeachment de Rousseff al encarcelamiento de Lula. La corrupción, lejos de resolverse en las instancias judiciales y de control, ha pasado a formar parte de la lucha ideológica. Con ello, los partidos establecidos han arrastrado a las instituciones dentro de su pozo de desconfianza e impopularidad. Despejando el escenario para alguien con recetas simplistas, basadas en el “sentido común” y en la “mano dura”. Como Bolsonaro. No resulta demasiado difícil imaginar discursos similares en países cuyo entorno institucional se ha erosionado por la lucha partidista: Ecuador, El Salvador, o Paraguay son algunos ejemplos que acuden a la mente.

La triple palanca de la polarización, la guerra cultural y el autoritarismo antiestablishment han dejado a Bolsonaro con un 47% gracias a un patrón de voto bien definido: hombres de edad mediana, estudios universitarios, adscripción al cristianismo evangélico, y de raza blanca.

Pero ninguno de estos grupos estaba necesariamente en el extremismo ni en el autoritarismo a principios de 2018. Los datos de la firma Ibope indican que el crecimiento de Bolsonaro ha definido cada vez más su perfil de votante. Sencillamente, ha actuado como lo habría hecho cualquier político con visión estratégica: observando una ventana de oportunidad y colándose por ella. Con ello, ha dado una lección no sólo a sus rivales, sino también a sus potenciales emuladores en la región. La conclusión de la clase es sencilla: en política nada es imposible, mucho menos definitivo. No cabe duda de que muchos ya andan tomando nota.

El País

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