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Preocupaciones democráticas: Francisco Montfort

Francisco Montfort

Verse frente a lo inesperado causa estupor. Y de inmediato conductas y explicaciones también inesperadas, porque responden rápidamente a lo nuevo. Parece mentira que a estas alturas, los eventos democráticos del país nos sigan causando el efecto de lo singular y extraordinario. Nuestra cultura a-democrática e inclusive antidemocrática es el caldo de cultivo que forma nuestras relaciones con la realidad. Porque es una cultura del adormecimiento provocada por medio de un dominio de las conciencias, de las mentes, de la cultura. De ahí que, a pesar de no haber soportado gobiernos totalitarios (Europa y Cuba) o autoritarios y criminales como en América del Sur (Chile, Argentina, Perú, Uruguay) nuestra forma de ser esté inclusive más impregnada de comportamientos alejados de la vida democrática.

Y es que en México el dominio autoritario del sistema priista fue bastante más <<refinado>>, menos ideologizado y evidente y, por lo mismo, más determinante en la formación cívica del cuerpo social. Así, a cada elección corresponde fatídicamente una serie de reacciones que oscilan entre el pesimismo (sólo conseguimos más de lo mismo) y las descalificaciones (ningún triunfador en nuestras elecciones nos merece cabal respeto) que involucran tanto a los actores políticos como a las sociedades mexicanas. Estamos anclados en el infantilismo democrático. Sólo nos satisfacen las victorias de nuestras preferencias, de nuestros prejuicios. No aceptamos el triunfo del <<otro>>. Las virtudes son nuestras. Los defectos son de los <<otros>>. Decía Jean-Paul Sartre en una fórmula magistral: <<El infierno son los otros>>. En México podemos decir: <<El autoritarismo son los otros>>.

Las elecciones del cinco de junio pasado causaron estupor: <<disminución o paralización de las funciones intelectuales acompañada de rigidez muscular>>. La sorpresa no provino de la factibilidad aceptada del triunfo electoral de cualquier contendiente en comicios democráticos. Los resultados fueron recibidos como si de conocer a los ganadores de la lotería marciana se tratara. Y es normal el nivel de estupidez: << torpeza notable en comprender las cosas>>. Porque las anteojeras que limitan nuestra visión son sobre todo culturales.

El Nuevo Gran Delfos de la modernidad, la demoscopia, no funciona cabalmente en México. Y no funciona, en parte, por debilidad profesional de quienes la practican. Pero en mayor medida porque los mexicanos no somos ciudadanos demócratas bien pulidos ni de tiempo completo, y porque decir la verdad, entre nosotros, no tiene el mismo valor, y por ende el respaldo de responsabilidad, que es notable entre los ciudadanos de países desarrollados, sobre todo aquellos con gran influencia religiosa del cristianismo protestante.

La mentira entre los mexicanos es un hábito. Y una manera de defensa. Fuimos formados en la cultura de la sospecha. Y por eso <<nos cubrimos, no vaya a ser el diablo>>. Sobre todo si se trata de asuntos que tienen que ver con el poder político. Declarar abiertamente las preferencias por algún actor político conlleva, todavía, muchas posibilidades de sufrir represiones. Mentir es un deporte pero que se convierte en una práctica peligrosa, o al menos, en una actitud que detiene, por sí misma, el progreso, porque desconocer la verdad no sólo es anticientífico, sino una barrera enorme que bloquea las soluciones competitivas de los problemas.

Y sin el apoyo del Gran Delfos Moderno, los comentarios sobre los resultados electorales se convirtieron en una orgía de mentiras, de malos entendidos, de descalificaciones. En suma: la comprensión de la realidad electoral fue un fiasco. Una comedia de verdades a medias que permitió florecer los prejuicios e intereses de los <<opinadores locales y nacionales: la opinocracia>> de acuerdo a Jorge Castañeda, embarrado también en ese juego de espejos. Los sacerdotes del Templo Délfico de la demoscopia se escondieron o balbucieron explicaciones sin sentido el día mismo de las elecciones.
Sorprende más que, aún con los resultados oficiales, muchos opinadores siguen estupefactos y estúpidos. Sin reflejos. Continúan las descalificaciones sobre los triunfadores en las elecciones. A ninguno le considera méritos. Y del lado de los jefes partidistas ganadores, continúa un triunfalismo que es el reverso de la medalla de la desmesura de los derrotados. Lo importante a resaltar en este caso es que estas conductas parecen por el momento inevitables, pues son fruto de la cultura a-democrática y antidemocrática en que nos desenvolvemos.

Es cierto que la gran noticia es el desplome temporal del PRI. Porque en algunos estados, como en Veracruz, no sólo había resistido la primera gran ola modernizadora del sistema político diseñado el siglo pasado por Plutarco E. Calles y Lázaro Cárdenas. Sino que, en el caso de nuestra entidad, hicieron <<su nido las olas del mar>> restaurador de la cultura de Partido Único: autoritarismo descarado, absolutismo provinciano, corrupción desenfrenada, impunidad acrecentada. Y en la ciudad de México se sorprenden de que este tipo de PRI pierda una elección, cuando que el verdadero estupor lo debería provocar su permanencia en el poder y más que nada su presencia invisible pero férrea en la cultura política y educativa, incluida la de los opinócratas del Distrito Federal.

Buena parte de la sociedad veracruzana cambió. Debilitó su cultura priista. Por esta razón su mal humor social tenía y tiene motivos de existir. Exige algo que el PRI ya no puede ofrecerle: un cambio cultural en la visión de gobierno, una nueva mirada política a los esfuerzos por intentar resolver viejos y nuevos problemas. Lean las declaraciones recientes del candidato perdedor del PRI. Esta novedad de la cultura que se abre paso, y no el reduccionista análisis de las equivocaciones de los priistas, debiera ser la base que debe alentar nuestras opiniones y análisis. Tampoco nos pueden ayudar de mucho las viscerales descalificaciones a priori de los nuevos gobernantes, empezando por las descalificaciones al gobernador electo, Miguel Ángel Yunes Linares.

Cuando algo muere entre los seres humanos, algo o mucho del muerto sigue viviendo entre los vivos. Si no somos capaces de comprender que, lo mismo en Rusia con la cultura del <<homo sovieticus>>, que en Veracruz con la cultura del <<homo priistus>> muchos anacronismos subsistirán, de muchas maneras, conviviendo entre nosotros. Porque el dominio del PRI, atenuado en sus expresiones políticas autoritarias, en cambio es durísimo en sus expresiones culturales. Mujeres y hombres que gobiernan y gobernarán, aun sin ser militantes o simpatizantes del Viejo Partido, sí provienen de la única matriz de cultura política dominante que ha fecundado en el país y en Veracruz: el priismo.

Desde los comportamientos corporales hasta las maneras de pensar, provienen del mundo simbólico del PRI. Es esta la condición que hace más difícil superar esta etapa de transición hacia la democracia. Porque también el PRI tiene un discurso pro demócrata muy particular. Porque dejará intacta una estructura de poder cuyos reflejos serán los ejercidos por tantos años de dominio priista, que ya se apresta a relanzarse a las elecciones del año que entra.

Si no se entiende por los nuevos gobernantes que la siguiente batalla electoral no será puramente entre partidos, sino que el PRI insistirá en ser apoyado por las estructuras gubernamentales, hasta ahora organizadas para combatir en elecciones y no para ofrecer los bienes y servicios gubernamentales que les dan razón de ser legal y políticamente, entonces nos esperan nuevos hechos que nos sorprenderán y para los cuáles no tendremos explicaciones.

La revolución cultural que nos debe esperar, y en la cual deberíamos participar todos los ciudadanos, si deseamos que la sociedad veracruzana salga de la inmensa crisis en la que la metieron los tres últimos gobiernos priistas, es la revolución cultural de la profesionalización de las estructuras de gobierno, de los tres poderes y de los organismos autónomos. Que los recursos públicos que manejan sean aplicados a sus fines presupuestales y no sean desviados a las bolsas de funcionarios y dirigentes sindicales, ni a las luchas electorales. Que los maestros se reorganicen para ser los mejores maestros y no los factores de triunfo electoral. Que los médicos cuenten con los insumos adecuados, que no se desvíen a las elecciones los presupuestos para salud y que todo el personal médico, paramédico y de apoyo encuentren caminos de auto superación profesional. Y así en cada sector de la administración pública.

No existen problemas humanos que encuentren solución final o total. Nuestros problemas son problemas de siempre. Ofrecer <<la desaparición>> de los problemas humanos, sociales o culturales es parte de nuestro oficio de mentir. Por esta razón titulé el artículo preocupaciones democráticas, porque deberemos insistir en las cuestiones que nos preocupan y que deben ocuparnos, porque nos causan irritaciones, malestares, enfermedades. La permanencia del PRI es también una preocupación. Porque cuenta con militantes y seguidores que deben, ahora, reorganizarse para constituir un verdadero partido y competir sin la simbiosis con las estructuras de gobierno. Es una preocupación porque sigue existiendo y no puede haber para esa organización política ni cremación ni embalsamamiento. La sociedad necesita de un PRI nuevo. Ojalá lo consigan sus dirigentes.

Sí es necesario desembarazarnos de sus errores y equivocaciones y de sus malos modos. Debemos superar los males que deformaron tanto al gobierno como a una parte de la sociedad del estado de Veracruz. Los ciudadanos prodemocráticos debemos corregir muchos errores gubernamentales y encontrar la vía de progreso extraviada por el PRI entre sus actos de absolutismo, para dar forma a la vigencia de un auténtico Estado de derecho. Sí debemos aspirar a erradicar los actos de corrupción e impunidad que marcaron fatídicamente los últimos 18 años y por lo tanto tenemos que ser vigilantes estrictos de las conductas de los nuevos funcionarios que llegan con un bono democrático real, pero sin el glamour de quienes pudieran verse, a sí mismos, como los salvadores de nuestra entidad. Ni redentores salvavidas ni repetidores de los vicios del PRI-Gobierno. Requerimos de mujeres y hombres dispuestos a cambiar y a promover el cambio.

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