Agendistas

Al diablo la instituciones, sacrilegio

Abel Domínguez Camacho

Desde el pasado 01 de julio de 2018, una buena parte de la sociedad está pendiente de la  agenda pública cotidiana que tiene que ver, fundamentalmente, con lo que pasa en la administración pública federal, estatal y municipal, especial atención se puso por la derrota del partido en el poder y las expectativas que generó Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su partido Morena que se llevó carro completo. Finalmente, a partir del 01 de diciembre de 2018, AMLO gobierna para todos los mexicanos y no solamente para los que votaron por él. En general, la sociedad civil espera que los gobiernos-federal, estatal y municipal- encabezados por Morena tengan la capacidad, los oficios para gobernar en atención a políticas públicas coherentes con las necesidades del país y con su discurso.

Dos meses y medio es poco tiempo para evaluar el quehacer del nuevo gobierno.

En los dos meses que corren, tal parece que el único que evidencia oficio político, saber hacer, es el presidente de la república; lo digo por las tablas que muestra en su cotidianidad y por la capacidad que tiene para responder de bote pronto, por su capacidad de convocatoria y en especial, esa su capacidad de hacer sentir a la gente que él es la solución a todos los males que aquejan al país. A pesar de que ya se cuenta con el paquete económico 2019, todavía no se ven políticas públicas; el presidente, en su eucaristía matutina y en sus giras a las entidades federativas, es presidente, es vocero, es secretario, es todo, lo mismo anuncia la guerra al huachicol y sus beneficios como, los diferentes programas de gobierno, hasta hoy, casi todos con un carácter clientelar. Lo que siempre se criticó, hoy se replica con una nueva retórica. Oficio para seguir, desde el lado opositor, tirar la piedra en el punto preciso, ¿eso valdrá como oficio para gobernar? Veremos cuando ya quiera gobernar, hoy todavía está instalado en la oposición.

Igual, mostrándose un “poquito intolerante” descalifica lo mismo al FMI que a las calificadoras especializadas, él tiene toda la información en su cabeza, no dice fuentes pero es contundente en el manejo de “sus datos”. Su gabinete es un cero a la izquierda, una mirada del presidente es suficiente para callar o modificar tal o cual declaración. Aunque luego las cifras oficiales lo desbarrancan. Él ha insistido que no se va a callar, que va a decir las cosas como son porque “el pueblo ya está cansado de tanta pinche transa” aunque la prudencia le viene bien cuando lo interrogan sobre las declaraciones de Trump respecto a México, solamente alcanza a decir “yo respeto”, para eso me gustabas.

Ante la figura del presidente es considerado casi pecaminoso preguntar durante “las mañaneras”-en la eucaristía no se interrumpe-o cuestionarlo a través de los diferentes medios, las benditas redes dice él. Te atreves y te surten los seguidores reales o los robots y él mismo.

Los expertos y opinadores respetables se han expresado con mucho tino analizando y calificando el presente de la administración y los riesgos para el futuro de México, y tienen razón en cada uno de los aspectos contemplados. Lo que desde campaña parecían ocurrencias, hoy son la expresión exacta, bien pensada y estructurada de los deseos del presidente, sí, de sus deseos; sus dichos y refranes en la eucaristía matutina no son producto de su pasado pueblerino, ni de su contacto con el pueblo; sus estrategas de comunicación en campaña siguen haciendo el mismo papel y bien hecho, le llegan al “pueblo” con frases preconcebidas y polarizando. Primero sataniza todo lo que tiene que ver con las últimas administraciones a través de un gancho al hígado: la corrupción y, después lanza un “trapito” remediador, con ello se engancha el pueblo, “su pueblo”. ¿y la política pública?.

Se gobierna a través de las instituciones, no a través de las personas. Hasta hoy la figura del presidente de la república, la persona de Andrés Manuel López Obrador ha estado por encima de la INSTITUCIÓN PRESIDENCIAL y, todas las instituciones que no favorecen a “sus deseos” fueron, son y serán corruptas a sus ojos-claro sin denuncias formales- y por lo tanto, tenderán a desaparecer; no quiere contrapesos y exige los recursos canalizados a éstas para cumplir con “sus deseos”. Si bien es cierto que durante la última campaña no mandó al diablo a las instituciones, ese su pensar es parte de su ADN y hoy no lo verbaliza de ese modo, más grave aún, lo está llevando a cabo.

Hoy se hace realidad aquella sentencia de AMLO: “Al diablo las instituciones”, desde luego que ya no lo puede expresar desde el púlpito en su eucaristía matutina, sería sacrilegio.

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