Democracia… ¿sin partidos?

René Delgado

Cuantos más contrapesos algunos sectores piden ante al gobierno, los partidos opositores y las adherencias de la fuerza en el poder ensayan prácticas desconocidas en su trayectoria, prolongan su crisis, se disuelven en la corrupción, ruegan recuperar lo perdido o lanzan proyectos sin sustento.

El Revolucionario Institucional echó mano de un ejercicio inédito en su historia: elegir a su dirigencia. Sin liderazgo, Acción Nacional da palos de ciego. Ajeno a su doctrina, Encuentro Social reza e implora a un magistrado electoral devolverle su registro. La Revolución Democrática se disuelve en la corrupción y diáspora. Y una sopa de siglas solicita registro como partido sin ofrecer una opción política distinta a las conocidas.

En breve, el régimen de partidos se tambalea y, con él, la democracia.

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Al tricolor lo tienta la idea de ingresar a una dimensión por él desconocida: practicar la democracia interna y, mediante una elección, nombrar a la dirección partidista que tomará las riendas hasta el 2023.

Si, hacia el final del sexenio pasado, el Revolucionario Institucional aceptó que la administración peñanietista privatizara en su beneficio y perjuicio del partido la dirección, luego la asamblea y más tarde la candidatura presidencial, el Consejo Político de esa fuerza ahora resolvió que la próxima dirigencia emane de una elección interna. Más allá del resultado, el ejercicio tendrá un costo político en el plano inmediato. La competencia interna debilitará la actuación cohesionada de esa formación ante el gobierno lopezobradorista, al menos a lo largo del próximo semestre en que se desarrollará el concurso.

El ensayo resulta interesante, pero reman en su contra varios factores. El priismo no cuenta con un referente que le signifique autoridad al interior de su estructura; carece de un liderazgo capaz de conducir con imparcialidad y certeza la elección; no cuenta con un padrón de militancia confiable; varios de los aspirantes saben más de plomería política que de democracia y otros quieren participar siempre y cuando haya -y no la hay- una red de protección.

Por lo demás, aun cuando el tricolor tiene previsto solicitar al Instituto Nacional Electoral organizar la competencia, ese órgano electoral tiene comprometida y complicada su actuación en las elecciones ordinarias y extraordinarias de este año y los tricolores pretenden realizar su propia elección en julio. Y está por verse si los consejeros electorales están dispuestos a sancionar un concurso democrático en una fuerza entre cuyas costumbres no aparece esa. A efecto de realizar el ensayo, el Revolucionario Institucional requiere de un crédito financiero por 250 millones de pesos que seguramente conseguirá, lo que se ve difícil de obtener es el crédito político.

La apuesta del Revolucionario Institucional es fuerte y definitoria. Renace o sucumbe. En el entre tanto, no será un contrapeso.

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El liderazgo de Marko Cortés en el panismo no acaba de consolidarse y luce desesperado en su actuación.

Ante ese cuadro, los polos del poder al interior de ese partido -gobernadores, coordinadores parlamentarios y cuadros- actúan de manera desconcertada y a partir del interés grupal, sectorial o personal que encarnan, sin dejar ver una estrategia de conjunto. Desde luego, hay matices en ese rejuego, cuadros que en efecto se conducen con apego al interés nacional, pero no se advierte que el partido actué de manera sincronizada y con objetivos claros. De sus posibilidades en las elecciones de este año, ni qué decir.

El panismo arrastra la crisis que le dejó por saldo su paso en el gobierno y, luego, el uso de la estructura para los frustrados fines personales del ex candidato presidencial, Ricardo Anaya, que provocó una fractura aún no asumida a carta cabal. El panismo se resiste a reconocer y remontar su circunstancia y, así, se adelgaza y pierde peso.

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Con fallas de origen -o perversos arreglos partidistas- en su integración, el Tribunal Electoral o, al menos, algunos de sus magistrados están resueltos a engarzar una cadena de errores y desprestigiar aún más a ese órgano.

Si, desde finales del 2016, el Tribunal no ha conseguido consolidarse y acreditar la imparcialidad de su función, ahora Felipe de la Mata está decidido a hundirlo más. El magistrado proyecta, a partir de una torcida e inaceptable interpretación de la ley, devolver a Encuentro Social el registro como partido que perdió en la elección federal. La machincuepa no busca, desde luego, llevar a cabo un acto de justicia, sino de empatía con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, resucitando a la organización que encabeza Hugo Eric Flores. Personaje éste último sobre el cual recae la delegación federal en Morelos y quien muestra más interés en revivir a su partido, que en conjurar el conflicto en ciernes derivado de la decisión presidencial de echar andar la planta de ciclo combinado en Huexca.

Lo curioso de la postura de De la Mata es que su proyecto de resolución, cuestionado ya por varios de sus propios colegas, hunde más al Tribunal en el desprestigio y no rescata a Encuentro Social.

El árbitro se hunde y el jugador está en la banca.

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Hablar del Partido de la Revolución Democrática o de los satélites que giran en torno al astro que les da vida es contar la historia de un régimen de partidos frágil y en decadencia y, en cuyo horizonte, no aparecen -así sean muchas las asociaciones que lo pretendan- nuevas y auténticas opciones políticas.

No se puede pedir a los partidos el contrapeso que no representan. La democracia está en apuros.

APUNTESSi Ulises Ruiz es el salvavidas tricolor, se puede dar por ahogado a ese partido.

El Siglo de Torreón