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El vecino botó el seguro

Lorenzo Meyer

El 17 de julio, en un mitin en Greenville, CN, el presidente Donald Trump pareció estar en su elemento al escuchar a sus adictos corear con odio y euforia: “Send her back! Send her back!” (“regrésenla [a su país]”). Se referían a la congresista de origen somalí, Ilhan Omar, una de las cuatro diputadas federales, demócratas, de izquierda y no blancas, a quienes Trump ha acusado de sostener posiciones antinorteamericanas.

A estas alturas es claro que el leitmotiv de la campaña electoral de Trump volverá a ser el avivar el temor de esa parte de la “América blanca” que se considera la quintaesencia de lo norteamericano y que ahora teme que pueda convertirse en minoría, en “extranjeros en su propio país”. Además, puede optar por añadir el toque de confrontación internacional vía choques como los que hoy tiene con Pekín o Teherán.

La exacerbación de prejuicios raciales desde la presidencia norteamericana con un discurso mezcla de “nativismo” y macartismo (Nicholas Kristof, The New York Times, 17/07/19), bien puede no ser un mero episodio electoral generado por un personaje extravagante, sino un parteaguas en la historia política y social norteamericana que cristalice como fenómeno duradero. De ser este el caso, y a querer que no, por ser México el vecino “no blanco” de la gran potencia, puede tener repercusiones negativas más allá de la presidencia de Trump. Especialmente porque al estar lo mexicano en el “lado equivocado” de la “Gran Muralla” que Trump insiste en construir, a nuestro país le sería muy difícil aflojar los lazos que lo unen con Estados Unidos mediante un acercamiento efectivo con China, la potencia comercial emergente. Ya que cada vez se acentúa más la animadversión de Washington hacia el gigante asiático, algunos consideran que hay de nuevo en Washington un anticomunismo en ascenso que ve en Pekín una nueva “amenaza roja”. En tales condiciones, un acercamiento México-China sería definido por Estados Unidos como contrario a su seguridad nacional.

Donald Trump no es, desde luego, el primer presidente norteamericano racista con el que tiene que vérselas México. Racistas han sido muchos, entre otros, Woodrow Wilson, Lyndon Johnson o Richard Nixon. Sin embargo, sí pudiera llegar a ser el primero en los últimos noventa años que diseñe una política hacia México donde los prejuicios de carácter racial y cultural jueguen un papel importante.

Woodrow Wilson (1913-1921) delineó su política intervencionista en el México revolucionario no con base en sus claros prejuicios raciales sino en los políticos. Supuso que el interés norteamericano sería bien servido si impedía la consolidación de la dictadura militar de Victoriano Huerta y buscaba la manera de hacer que los procesos políticos del México revolucionario se institucionalizaran por la vía electoral, se volvieran predecibles y que, además, a ningún país europeo (Gran Bretaña o Alemania) o asiático (Japón) se le volviera a ocurrir actuar ignorando que México estaba en la zona de influencia exclusiva de Washington. Poco después, el presidente Calvin Coolidge (1923-1929) designó a James Sheffield (1924-1927) como su representante en México, un personaje propio del imperialismo más tradicional, que adoptó posturas de superioridad muy duras frente al gobierno mexicano y en sus análisis echó manos de argumentos con claros tonos racistas. Sin embargo, a partir de la salida de Sheffield el racismo ya no parece haber jugado ningún papel importante en la política de Estados Unidos hacia México hasta que Trump lo revivió al iniciar su campaña presidencial en junio de 2016 y caracterizar a los indocumentados mexicanos como criminales, narcotraficante y violadores. Para entonces ya había acumulado un rosario de tweets en ese sentido, (24/02/15, 05/03/15, 30/03/15, 25/06/15, 30/06/15, 03 y 13/07/15 y varios más).

Los prejuicios raciales no son privativos de Estados Unidos, aquí también los hay muy arraigados y vigentes. Sin embargo, en el caso norteamericano es el propio presidente el que botó el seguro que impedía que tales obsesiones se dispararan hasta convertirse en plataforma política. Sin duda, son estos malos tiempos para países no blancos y vecinos de la gran potencia.

El Siglo de Torreón

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