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Hong Kong se resiste a ser China

El contrato social del Partido Comunista se basa en intercambiar prosperidad económica por libertad individual. Erradicar la pobreza absoluta para 2020 frente a un millón de uigures en campos de concentración: estos son los dos extremos del Zhongguomeng, el “sueño chino” capitaneado por Xi Jinping. Su modus operandi comienza por rechazar el universalismo de “valores occidentales”: democracia, pluralismo, derechos humanos. Hong Kong juega un papel crítico en este proceso. No solo porque forma parte de China, sino porque es una sociedad estructurada de acuerdo a esos principios. El Gobierno no logra seducir a los hongkoneses, y el Partido ha recordado en repetidas ocasiones las últimas semanas, que la alternativa es la fuerza.

El artículo 14 de la Ley Básica que rige la antigua colonia establece que, en caso de emergencia, el Gobierno central puede movilizar al Ejército Popular de Liberación si así lo solicita el Ejecutivo local. Una intervención militar es algo que todas las partes –Pekín, Hong Kong y manifestantes– desean evitar, pero el bloqueo parece inquebrantable y con cada día que pasa el uso de la fuerza gana en probabilidad. La semana pasada Carrie Lam, la jefa del Ejecutivo, se negó a contestar a un periodista que cuestionaba su capacidad de retirar la ley de extradición, una de las cinco demandas de los manifestantes –junto a la amnistía para todos los detenidos, una investigación independiente sobre la actuación policial, la derogación del término “revueltas” y la instauración de un sufragio universal efectivo–. Su evasiva reafirma la idea de que Lam se ha convertido en una intermediaria sin margen de acción, y que al otro lado de la mesa, frente a los manifestantes, se sienta el Gobierno chino. Y el Gobierno chino no negocia.

En la última semana, Pekín ha comenzado a sentar la base retórica para una acción directa al referirse a las protestas como “terrorismo”. La represión de las protestas de Tiananmen en 1989, el último desafío social que el Partido Comunista chino enfrentó, y sus miles de muertos están muy presentes en la memoria colectiva. “La intervención del Ejército sería muy traumática, los hongkoneses lo verían como una invasión”, apunta Willy Lam.

El terremoto también sería económico: pese a su pequeño tamaño porcentual, Hong Kong es todavía el enclave donde China se encuentra con el mundo. Más de un 60% de su inversión directa extranjera, por ejemplo, llega al continente a través de la isla. Esto es factible en parte gracias al acta política promulgada por el Congreso de EE UU en 1992, por la cual Hong Kong es reconocido como un territorio formalmente independiente, con todos los derechos de una economía abierta. La retirada de esta normativa supondría un movimiento de enorme calado, ya que obligaría al sistema chino a reformarse. “Por eso, no creo que China vaya a emplear a las fuerzas armadas, sino que optará por movilizar a la policía paramilitar de la provincia vecina de Guangdong: estos agentes hablan cantonés y vestirán el uniforme de la policía de Hong Kong para pasar desapercibidos”.

“El contrato social chino no funcionará en Hong Kong”, concluye Lam con pesimismo. “La absorción total llegará antes de 2047, al final de la década de los treinta. El primer paso será aumentar la inmigración china. De los 7,5 millones de habitantes de Hong Kong, 1,8 son ciudadanos del continente. Esta cifra seguirá creciendo en los próximos años hasta los 3,5 millones, lo que alterará el tejido social. Es la misma solución que el Gobierno ha empleado en Xinjiang, donde los uigures ya no son mayoría, o en Tíbet. Al mismo tiempo, se producirá un éxodo masivo de ciudadanos hongkoneses hacia el extranjero. Las políticas serán cada vez más represivas. Hong Kong se convertirá en una ciudad china más”.

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