Lo que fue sólido

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Jesús Silva Herzog Márquez

Volverse humo es el destino de lo sólido. Algo así dijo Marx. Nada bueno le esperaba tampoco a las santidades de una época. Todo lo que era duro como una piedra se disolvería en el aire. Todos los ídolos que fueron adorados con devoción terminarán profanados. No es difícil encontrar en nuestra era indicios de ese anticipo del Manifiesto. La pandemia no hace más que reforzar la vastedad de la crisis. Lo que parecía inmutable e irreversible se desploma, mientras las viejas guías del pensamiento están norteadas repitiendo las consignas de un tiempo ido. Las dos décadas de este siglo se han ensañado contra todas las certezas e ilusiones de su origen. Hemos vivido una sucesión de sacudidas dramáticamente elocuentes. Un atentado terrorista inauguró una nueva inseguridad. En el miedo se justificaron poderes despóticos que aún permanecen. La crisis financiera del 2008 mató el consenso del fin de siglo a favor de la liberalización económica y financiera, desatando una estela de terremotos políticos. Los votos del último lustro han destrozado a los partidos tradicionales por todo el mundo. Poco queda de las antiguas pistas de representación parlamentaria. Y entre todos estos azotes, la crisis de la hora es, seguramente, la más profunda y de efectos más duraderos. La pandemia habrá sido anticipada por algunos científicos y estaba muy presente en nuestros entretenimientos cinematográficos, pero no aparecía realmente en el horizonte de nuestra cultura como posibilidad. Nos pavoneábamos con la idea de que la ciencia y el jabón nos habían independizado por fin de las epidemias devastadoras. Había pasado un siglo de la “influenza española” pero pensábamos que esas tragedias eran propias de la Edad Media. Podrían aparecen los contagios en una zona o en otra, ser más o menos extendidos y graves, pero no serían ya determinantes de nuestra historia. Y en esas estamos: puestos a pensar qué normalidad será posible tras la pandemia.

Será una nueva normalidad porque no podrá ser retorno al capítulo previo. No digo que estemos en labor de parto de la nueva humanidad. La muerte no es el abono de la historia. Dudo que después de esto seamos mejores o más sabios. La generosidad y la mezquindad ocuparán sus espacios habituales. Nuestra pasta seguirá siendo la misma. Pero el impacto de esta larga suspensión de la vida en público marcará las décadas que vienen. Nadie sabe, aunque lo grite, cuál es el rasgo del futuro. Creo que, más que anticipar el desenlace, valdría registrar los espacios donde se construirá.

Para las democracias, el reto más complejo es quizá, el cultivo de la confianza en los nuevos tiempos. La desigualdad, la polarización ideológica, el encapsulamiento que provocan las redes sociales, la estridencia de las antipatías corroen ese vínculo fundamental. No vivimos tiempos de prudente escepticismo, sino tiempos de fe: creencias intensas, herméticas y belicosas. Creo que tiene razón Francis Fukuyama, el polémico politólogo de la Universidad de Stanford, al apuntar que el fundamento de la eficacia en el combate a la epidemia ha sido la confianza. Las sociedades en las que existe ese tejido común han logrado atender con mayor agilidad la emergencia, mientras que aquellas sociedades marcadas por la política de la polarización han sido torpes en la respuesta. Pero, ¿cómo puede tejerse la confianza pública en sociedades democráticas que son, a la vez, abismalmente dispares? No basta un nuevo discurso, es necesaria otra política. Tal vez no seamos más sabios después de esta crisis, pero, ¿podríamos ser más prudentes? ¿Seremos capaces de aprender? ¿Podremos cambiar? La vulnerabilidad común puede ser una insinuación de solidaridad. Si el contagio hermana en la muerte, la política ha de hermanar en lo cívico. Y para ello debe atreverse a pensar en lo elemental. Acceso a la salud, por ejemplo. No en la demagogia de la ley, ni la floritura de la retórica. Si estamos en verdad en el mismo barco, debemos admitir que en la cohesión está la sobrevivencia.

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