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Federico Reyes Heroles

Su pregunta fue sencilla: ¿por quién va usted a votar en el 2021? ¿Qué hay de la Alianza Opositora? Como no lo conozco y además me hostiga hablar de política sin seriedad, había ese riesgo, le respondí con honestidad, pero huyendo de la perversa polarización.

Creo en la ciencia, no en dogmas de fe. Entre la ciencia y el pensamiento liberal debe haber una hermandad inquebrantable. Pensemos en Hume, en Smith o en Franklin. La única forma para mantener actualizadas las políticas públicas es renovando los paradigmas científicos que las sustentan. Si de verdad se desea una mejor distribución del ingreso, una sociedad más justa —es mi caso— es obligada la revisión a fondo y sin concesiones del sistema fiscal. Las conclusiones pueden ser impopulares, como generalizar el IVA, pero allí están las evidencias. Ciencia también para la salud pública: invertir más, caminar hacia el sistema universal. Borrar el Seguro Popular y el Fondo para Eventos Catastróficos fue una barbaridad que hoy afecta a decenas de millones.

Creo en la ciencia para que el ser humano detenga la destrucción de nuestro entorno. Por ello me subleva la idea de regresar a las energías sucias, es cavernario. Tendremos que corregir. México tiene en las energías limpias un potencial que nos ofrece ventajas comparativas fantásticas, crecimiento y empleos. Alemania, con alrededor de la mitad de nuestro potencial solar, cubre ya casi el 60% de sus requerimientos con energías limpias. Qué envidia. Destruir cientos de kilómetros de selva para construir un tren es aberrante. Todo lo que niegue la ciencia me rebela, no usar el cubrebocas, por ejemplo. La ciencia se puede equivocar, pero ella siempre será una mejor apuesta que el oscurantismo como guía.

Creo firmemente en la libertad de expresión como una forma de vida, incluidos sus excesos, vivo de ella. Los señalamientos personalizados desde la presidencia la amenazan. Creo en las reglas democráticas que garantizan libertad y competencia. No soy hombre de partido y, con todos los defectos que les conocemos, los partidos siguen siendo la fórmula más eficaz para articular propuestas de gobierno. En las últimas décadas en el mundo —España, Hungría, Turquía, Brasil, Estados Unidos, México y muchos más— se ha vivido una andanada justificada contra los desfiguros partidarios. Pero pasan los años y lo único claro es que el debilitamiento de los partidos conduce a los liderazgos mesiánicos. Como creo en la ciencia no puedo digerir la idea de los mesías. Como creo en la libertad como ambición permanente y renovada, no tolero la sustitución de instituciones por los caprichos de cualquier pretendido mesías. Mi interlocutor intentó la simplificación: a favor o en contra. Con amabilidad se lo impedí: déjeme terminar, le dije.

Creo que las elecciones emocionales, plagadas de mentiras, en las que se niega a la ciencia y se invocan falsos dilemas, envenenan las sociedades. Usar las campañas, los medios y las redes sociales para fomentar odio entre conciudadanos es suicida. La certidumbre institucional es el pilar de las democracias. La sensatez no ha muerto, tan es así que, a pesar de las provocaciones, ganó Biden. Como creo en los números le puedo decir que si el empresariado mexicano, el que genera casi el 90% de los empleos, y las inversiones extranjeras que tanto necesitamos, no reciben mensajes gubernamentales de sensatez y certidumbre, difícilmente volverán y no habrá pujanza. Allí está el desempleo que hoy afecta a millones de mexicanos que exigirán sensatez y certidumbre en beneficio propio. Inseguridad desbocada, pésimo manejo de la pandemia y crisis económica severísima, no son buenas razones para ratificar. Si a eso se agrega la destrucción de los contrapesos y el innecesario temor producto de las constantes amenazas emanadas desde el poder, una sacudida electoral no sería una sorpresa.

¿O sea?, me preguntó. Le respondí, no es un asunto de coyuntura, en esta elección están a prueba nuestros principios.

Excélsior