Las lágrimas de la doctora

Federico Reyer Heroles

Querido Manuel:

Me preguntas desde tu retiro anual cómo van las cosas. Seré breve: para bien y para mal, igual. Decía Horkheimer que toda experiencia social termina siendo individual. Te cuento.

Llegué al hospital público de Tlalpan a recuperar mi tratamiento. En el pasillo veo a la doctora —una eminencia— y voy a saludarla. Nos abrazamos, con cubrebocas, pero lo hicimos. Después de tantos años, hay cariño. Me lleva a su cubículo. Cómo está usted, le lanzo. Unas lágrimas la invaden. Dolida, triste, enojada, dice. Me relata entonces cómo los directivos de la institución decidieron que ella y su equipo no eran prioritarios. No los vacunaron. Los iban a llevar al Colegio Militar para la aplicación. ¿Para qué? ¿Acaso no confían en que en ese afamado hospital sean capaces de aplicar vacunas? Le narro el caso de María, una doctora joven del INER, de enfermedades respiratorias, que se protegió durante un año financiando ella su equipo. Cuando la llevaron al Colegio Militar, se contagió.

Cuatro décadas de mi vida aquí y esa fue su paga, me dice dolida. No hay para mantenimiento ni para las puertas, ya no digamos gel. Mueve la cabeza de un lado al otro. Infinidad de cirugías reconstructivas de niños pospuestas, sin fecha. Muchas plazas de los residentes en formación, desaparecidas por austeridad. Me toma las manos y me dice: es una pesadilla. Recuerdo entonces la conversación con el exdirector de un instituto nacional que se pregunta ¿y todos los pacientes, cientos de miles, que se trataban allí porque no encontraban cura en otros sitios, dónde están? ¿Sobrevivieron?

Ya en el tratamiento la especialista en las máquinas me cuenta cómo ella y toda su familia se infectaron, perdió varios parientes. Al hospital no regresaron muchos, ¿fallecieron? Camino al estacionamiento, como cada mes, veo muchos miserables tendidos en las banquetas pidiendo dinero para sus gastos en la ciudad. Nada nuevo, pero sí agravado. Se me viene a la mente la cifra que leí en la mañana: 1,700 mdp destinados al beisbol, más del doble que al Instituto Nacional de las Mujeres, y a la par estrangulan la salud. Algo está muy torcido, si hay para un tren, no hay para la vida. Me duele, Manuel, es nuestro país y la estela de destrucción —con muertos y enfermos— crece. Para mal, dije, porque esa insensibilidad inhumana no va a cambiar. Para 2022 “cero pesos” al programa Siglo XXI. Cuatro millones de familias arrojadas al desamparo. ¡Qué es esto? Las obsesiones gobiernan, refinerías ya con automóviles eléctricos ya rodando. Eso no va a cambiar.

Para bien, Manuel, porque gracias a la apertura comercial de los infames neoliberales las exportaciones se recuperan, vehículos, autopartes, productos agropecuarios. Para bien, porque el nuevo tratado le garantiza a México una estrecha y creciente vigilancia de inversionistas, gobiernos y sociedad civil, nacional e internacional. Apropiarse ilegalmente de Zama, la nueva promesa de crudo, traerá pleitos muy serios. Probablemente Pemex perderá, pero aún así dañará a México por no ser confiable, por lo menos con la 4T. Será igual con la industria eléctrica. Las derrotas se van sumando. Un juez federal otorgó una suspensión definitiva que mantiene vigentes los derechos de los investigadores de más de 100 universidades miembros del SNI —al que quería entrar Gertz— y que el Conacyt trata de desaparecer. Van varias suspensiones. El Judicial está vivo. Se les acaba el tiempo.

Son incapaces de cosechar sus propios logros, como lo es la nueva formulación de outsourcing, que beneficiará a muchos trabajadores. Las quimeras gobiernan, ahora decidió crear una gasera —¡cuidada por la Guardia Nacional!— para así ¡bajar los precios! De risa. No tienen ni equipo ni experiencia ni recursos. Otro fiasco.

Pero, querido Manuel, la insensatez está unificando a muchos mexicanos que exigen sentido común: la vida primero. Ese México prevalecerá y yo nunca olvidaré las lágrimas de la doctora.

Excélsior