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Las tendencias suicidas de Europa

David Jiménez

A veces basta ver la lista de enemigos de un ideal para recordar por qué fue un acierto impulsarlo en primer lugar. La Unión Europea, estos días acosada por distintos frentes, es un buen ejemplo.

Con sus errores e ineficiencias, el proyecto europeo lleva seis décadas —en una evolución institucional que inició en la década de los cincuenta— eliminando fronteras, uniendo pueblos tradicionalmente enfrentados, expandiendo prosperidad y garantizando derechos. Que entre sus detractores estén el primer ministro británico, Boris Johnson, y el presidente estadounidense, Donald Trump, y que extremistas de derechas y populistas de izquierdas europeos lo detesten por igual solo confirma su importancia y la necesidad de defender la idea de una Europa unida. Pero estos días sufre una crisis de identidad que la pone en riesgo.

Más allá de la moneda única, la supresión de fronteras o la expansión del comercio, los europeos se han dotado de un sistema que les protege contra sus “sus propias tendencias suicidas”, como visionó el español Salvador de Madariaga, uno de los intelectuales que impulsaron el nacimiento de la Europa democráticamente unida.

Puede que la Unión Europea no sea la solución a todos los problemas, e incluso se podría sostener que ha creado algunos propios, pero el balance es tan abrumadoramente positivo que basta recordar uno de sus logros para entender que sus detractores están del lado equivocado de la historia: países que solían solventar sus disputas con guerras que en el siglo XX costaron la vida a decenas de millones de personas debaten ahora sus problemas en tediosas reuniones en Bruselas y buscan objetivos comunes.

Parece difícil argumentar que Europa ya no necesita esa protección frente a sus “tentaciones suicidas”. La posibilidad de perder a uno de sus miembros más destacados llega en el peor momento, con líderes débiles y una lista de problemas que no deja de crecer. El Reino Unido se enfrenta a una inestabilidad institucional sin precedentes y podría abandonar la Unión Europea en cuestión de semanas; Alemania está al borde de la recesión económica y, como otros países de la región, vive con preocupación del auge de la extrema derecha; Hungría y Polonia están en manos de líderes empeñados en traicionar el espíritu original del proyecto común europeo; una Italia estancada va camino de formar su gobierno número 66 desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y España parece haberse contagiado de la inestabilidad transalpina, con la posibilidad de que el país celebre en noviembre sus cuartas elecciones generales en cuatro años.

Pocos países se han beneficiado de la Unión Europea tanto como España, que ingresó en 1986 y desde entonces ha recibido más de 230.000 millones de euros en fondos para el desarrollo. El dinero ha servido para levantar infraestructuras, asistir a comunidades rurales o mejorar instituciones, pero no ha sido una simple limosna. La solidaridad europea tiene raíces más pragmáticas: reside en la convicción de que la mejor forma de garantizar el bienestar de las naciones más afortunadas pasa por extender sus privilegios al resto. Ese principio, que ha servido bien a España y a los países que ayudaron a modernizarla, necesita renovarse y potenciarse, no abandonarse.

Los detractores de la Unión Europea, incluidos los impulsores del brexit que han sumido al Reino Unido en el desconcierto, no esconden cuál es su alternativa: levantar muros, restringir el comercio con políticas proteccionistas, rechazar al diferente, especialmente si viene de lugares sobre los que previamente hemos alimentado prejuicios, y entregarse a la nostalgia nacionalista de antiguas y supuestas grandezas. Líderes populistas como Boris Johnson prometen a sus ciudadanos que todo irá bien si tan solo se dejan arrastrar a un idílico viaje al pasado. Ignoran no solo que el mundo ha cambiado, sino que lo ha hecho de forma irreversible.

El brexit es en parte consecuencia de esa dejadez que hizo que durante años los conservadores británicos construyeran la fantasía de que el Reino Unido había sacrificado su soberanía en manos de funcionarios europeos y que el dinero de sus impuestos se dedicaba a financiar la siesta de ciudadanos en países del sur como España. Los estereotipos han triunfado sobre los hechos y llevará años construir un relato que repare las falsedades sobre lo que supone el proyecto común europeo, sus ventajas e importancia en un mundo global e inestable.

El camino de la UE no ha sido fácil, pero para una abrumadora mayoría de sus ciudadanos ha merecido la pena, una opinión que en el caso español llega al 75 por ciento. Y, sin embargo, la falta de liderazgo europeo para afrontar las grandes crisis de los últimos años, desde la desigualdad a la inmigración, ha permitido a los contrarios a la Unión Europea hacer campaña bajo la falacia de que ha perdido vigencia. Ocurre justamente lo contrario: en un mundo cada vez más complejo, que vive la reemergencia de autoritarismos y el avance de fuerzas intolerantes, los ideales que inspiraron su creación han ganado relevancia.

Los funcionarios de la UE supervisan los presupuestos nacionales y los envian de vuelta a gobiernos que incumplen las normas; el sistema judicial europeo ofrece garantías a todos los ciudadanos más allá de sus territorios y en Bruselas se aprueban cada día, en promedio, quince normas, directivas y decisiones comunitarias sobre clima, seguridad, salud o empleo que buscan mejorar y unificar políticas de interés general.

La mayor parte de ese trabajo pasa desapercibido para los ciudadanos, cuya sensación de que sus impuestos sirven para sostener instituciones burocráticas, ineficientes y derrochadoras se ve reforzada por la incapacidad para reformarlas. Por ello, Bruselas debe aligerar el peso de su gigantesca burocracia; revitalizar un parlamento hoy irrelevante para los ciudadanos; dotarse de una cabeza más visible y con mayor poder ejecutivo, y buscar formas de acelerar la toma e implementación de decisiones.

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha asegurado estar dispuesto a impulsar cambios profundos al advertir que nunca, desde la Segunda Guerra Mundial, “Europa había estado en mayor peligro”. Pero las grandes reformas se aparcan continuamente ante la dificultad de poner de acuerdo a miembros con intereses dispares, un vacío que populistas y extremistas aprovechan para construir un relato que niega los logros europeos de las últimas seis décadas.

Los españoles de mi generación crecimos rodeados de carteles con la bandera de la Unión Europea que anunciaban la construcción de un puente, la renovación de una carretera o un curso de formación laboral financiado con “fondos europeos”. Solo con la perspectiva del tiempo se puede ver hasta qué punto el círculo de la solidaridad europea ha funcionado, pero ahora España es un país más moderno, desarrollado y estable gracias a su pertenencia al proyecto europeo. Hoy contribuye a que miembros que ingresaron posteriormente repitan su éxito.

El continente, con su historia de división, guerras y aislamientos, ha encontrado un lugar común que le protege de sus peores instintos y refuerza sus virtudes. Es necesario defender sus principios frente a quienes buscan darle la vuelta al reloj de la historia.

NYT

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