Agendistas

Sí somos felices, sin embargo se mueve

Eduardo Vázquez Reyes

“Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos, por hacer lo posible imposible”
Bertrand Russell

“En los tiempos de tinieblas, los hombres necesitan una clara fe y una bien fundada esperanza; y el tranquilo valor que no toma en cuenta la dureza del camino. La época que estamos atravesando nos ha proporcionado a muchos una confirmación en nuestra fe. Vemos que las cosas tenidas por malas son realmente malas, y conocemos más definidamente que nunca con anterioridad, las direcciones en las que el hombre debe moverse si un mundo mejor ha de surgir de las ruinas del que actualmente está lanzado a la destrucción”.

Con estas palabras que abrían el ensayo “Ideales políticos”, el filósofo y activista inglés Bertrand Russell describía el proceso de guerra en el año 1914, es decir, la Primera Guerra Mundial, en la cual miembros de la comunidad científica europea se dividían en bandos para apoyar a sus respectivos países involucrados en este evento beligerante− que ya encontramos dentro del canon de la historia de la humanidad−desde aportaciones bélicas basadas en el avance tecnológico aplicado a sus arsenales: la ciencia al servicio de la destrucción.

Igual que la circunstancia descrita por Russell, la que a nosotros nos toca vivir no dista mucho de aquel lejano contexto. El día a día de las personas de a pie oscila entre la incertidumbre financiera y económica y la falta de seguridad pública. No sabe qué pasará después de cerrar la puerta de su casa para ir al trabajo, si volverá a ver a los suyos, si verá otro amanecer, otro despuntar del alba y la llegada de un nuevo ocaso. Los recientes hechos cruentos acaecidos en la geografía veracruzana y hasta nacional nos dan la razón, desafortunadamente. Fortalecen este panorama que el lector puede con todo derecho, si así lo quiere, calificar de apocalíptico y hasta exagerado.

Pero en este mar de incertidumbre solo hay una certeza: la existencia de un estado fallido, un gobierno que ha sido rebasado por la delincuencia, por el escollo económico, por el incremento del desempleo y el ascenso de la pobreza a niveles novedosos; un gobierno que en cualquier de las esferas carece de un proyecto que a corto, mediano o largo plazo nos garantice que por menos la situación no se agravará, que habrá un freno. Quizá me equivoque, el humano está propenso al error, eso es una verdad de perogrullo. Si es así, que alguien me muestre otros datos. Y solo entonces podremos decir, junto a los predicadores que por ahí abundan, que somos felices. ¡Sin embargo, se mueve!
Este texto para nada intenta demeritar la brega diaria del actual gobierno. Está muy lejos de hacerlo. Únicamente muestra el pensar y el sentir de gran parte de la población, misma que por más que desea infinitamente que las palabras del ejecutivo federal sean una realidad palmaria, los hechos no dejan lugar para creer en ese mundo ficticio, en ese mundo posible; un mundo más allá de las maravillas que Alicia nos cuenta junto a un sombrerero loco y demás seres contradictorios en su discurso.

Yo, igual que otras personas dentro del gremio político y académico, estoy totalmente de acuerdo con el argumento según el cual el problema con nuestro contexto actual, con este deterioro social, tiene una razón histórica, coyuntural. Nada surge de la nada. Le debemos mucho, en demasía, a nuestros anteriores gobernantes, no sabemos cómo pagarles el gran favor. No obstante, el asunto no es ese, sino el saber, como ciudadanos que desean estar informados de los procesos políticos nacionales, cuáles son las ideas que en primer lugar frenarán la circunstancia que describo. Y en segundo momento, de qué forma se mejorará.

Como agentes sociales y constructores de opinión es nuestro deber no quitar el dedo del renglón y presionar a nuestras autoridades locales, estatales, federales y universitarias en su proceder, en la toma de decisiones, pues solo de esa manera podemos hablar de una democracia real, la cual tiene como punto de lanza el análisis, el debate y, más que nada, la discrepancia que implica la resolución de controversias y el diseño posterior de políticas correctamente ejecutadas. Un mundo real quizá nos espera. ¡Por las barbas de Platón! Sé un ¡cronopio!

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