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Un retrato apocalíptico del campo latinoamericano y algunas soluciones

El calentamiento global es una realidad y es producto de la actividad humana. Las sequías, las inundaciones y las olas de calor son algunas de las manifestaciones del llamado cambio climático, considerado ya como una de las mayores amenazas para el planeta. Una de sus víctimas es la agricultura de América Latina y el Caribe, que notarán todo su impacto en las próximas décadas. Lo dijeron reconocidos líderes en materia ambiental de este continente en el marco de la Semana de la Sostenibilidad celebrada en Panamá y organizada por el BID Invest, perteneciente al Grupo Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Hay agricultores que se quedarán sin cosecha por falta de agua debido a las sequías o por su sobreabundancia debido a las inundaciones. Las temperaturas están aumentando un mínimo de dos grados y podría llegar a cinco si no se hace nada para evitarlo. Muchos cultivos podrían desaparecer. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) advierte de que va a haber cambios en el uso de la tierra agrícola, en el rendimiento de los cultivos y en la distribución e intensidad de las plagas y enfermedades. El panorama es algo apocalíptico y plantea diferentes escenarios nada alentadores para el continente.

“Los efectos del cambio climático afectarán a la producción al reducir las cosechas, por lo que se incrementarán los precios y eso creará un problema de adquisición en los sectores marginales”, señala el peruano Rodomiro Ortiz, profesor de genética y fitomejoramiento de la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas, quien considera que los esfuerzos por reducir la pobreza se verán comprometidos. “Se avecinan problemas en la gestión del agua que repercutirán en la cadena alimenticia, habrá migraciones rurales y problemas de salud humana”, afirma.

Sin embargo, aun siendo irreversible, todavía hay tiempo para enfrentar el cambio climático, mitigándolo y adaptándose a él. Según Ortiz, hay dos formas de hacerlo: “La más fácil es la que podemos predecir, sabiendo que va a haber un nuevo ambiente con temperaturas y precipitaciones en un determinado nivel. Ahí nos podremos adaptar con semillas mejoradas genéticamente o buscando prácticas agronómicas que te permitan paliar el aumento de la temperatura”, señala el experto, que considera que forma más complicada es cuando el clima se reviste de incertidumbre. Habrá eventos meteorológicos extremos y eso genera más vulnerabilidad. Ahí es donde tenemos que construir resiliencia ante el cambio climático”, considera.

Una quinta parte de la población de América Latina es rural y la agricultura representa el 5% del Producto Interior Bruto (PIB), una cantidad que aumenta si se tiene en cuenta al floreciente sector agroindustrial de la región con toda su cadena de valor, incluidas sus exportaciones. Según datos de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) los efectos más dramáticos por el cambio climático se darán en Centroamérica, en la parte meridional de México y en la zona andina, aunque en general impactaría por todo el territorio. Así, por ejemplo, cultivos como el trigo se verán afectados en Brasil y en la Pampa húmeda argentina. Lo mismo ocurrirá con el maíz en Venezuela y el arroz en Colombia donde se prevé una disminución del 60% de su superficie cultivable. El café será otro de los cultivos castigados por los efectos del cambio climático. Por ejemplo, en determinadas zonas de Brasil desaparecerían o deberían desplazarse si la temperatura aumentase cinco o seis grados. Lo mismo ocurriría en Honduras donde se podría perder hasta el 60% del área cultivable cafetalera en los próximos 20 años.

Los fenómenos climáticos extremos, tales como sequías, inundaciones y tormentas, seguirán golpeando directamente a la agricultura. Lo saben ya bien en Guatemala donde la magnitud del huracán Mitch afectó en 1998 al 68% de los cultivos del país. También en Perú donde otro evento climático extremo como el Niño, relacionado con el calentamiento del Pacífico oriental ecuatorial, viene pasando factura. Algunos datos de la Asociación de exportadores de Perú señalan que un incremento de la temperatura y una disminución de la precipitación afectará a toda la producción de cultivos de exportación de su costa, especialmente el espárrago, el mango, las uvas y la caña de azúcar. En menor medida, el cambio climático podría beneficiar a algunos cultivos como el banano, producto de exportación de América Central, Colombia y Ecuador si se dieran periodos de sequía.

Mucho a corregir
Para Ortiz hay que tomar medidas urgentes para que las comunidades y los ecosistemas puedan adaptarse a las nuevas condiciones y aumentar la resiliencia ante los efectos negativos que se prevén para el futuro. El cambio climático es uno de los grandes desafíos del siglo XXI, pero la magnitud de los esfuerzos para amortiguar sus impactos pasa no solo por adaptarse, sino por mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero. Curiosamente, la agricultura, considerada esencial para la propia existencia humana, es también parte del problema con modelos de producción que se han convertido en una amenaza para los bosques, la degradación de la tierra y la pérdida de biodiversidad. Según la FAO, la agricultura, en especial la agroindustria, es la responsable de la quinta parte de las emisiones globales de gases con efectos invernadero. Además de eso, se estima que la agricultura utiliza el 70% del agua disponible.

La expansión de los terrenos agrícolas sigue siendo la causa principal de la deforestación y las aguas subterráneas se agotan con rapidez. El incremento de la producción alimentaria y el crecimiento económico se ha conseguido muchas veces a costa del ambiente natural. El caso de la región de El cerrado, situado en la meseta central del Mato Groso brasileño, es paradigmático. Está considerado como la sabana más biodiversa del mundo pero también la mayor cantera de la industria de la soja brasileña que se exporta a China y a Europa, causante de la deforestación de la mitad de este paraje excepcional.

Alinearse con los acuerdos de París sobre el cambio climático donde se apuntó a mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de dos grados con respecto a los niveles preindustriales no será fácil. En América Latina, es mucho lo que hay que corregir en el sector empezando por el uso de fertilizantes sintéticos o por mejorar el manejo de los residuos en los cultivos. Uno de sus mayores males son las grandes extensiones ganaderas y los problemas que se derivan como la fermentación entérica y el estiércol en el pasto. “Todo tiene soluciones. Solo es cuestión que los productores las acepten y las implementen”, afirma Ortiz.

Para Guillermo Foscani, jefe de agronegocios del BID Invest, la agroindustria debe avanzar hacia sistemas agrícolas y alimentarios sostenibles y no solo tiene el reto de enfrentar el cambio climático sino el de reducir sus emisiones. El contexto no juega muy a favor. El crecimiento económico, el aumento de los ingresos en los países emergentes y el auge de una clase media mundial está motivando una demanda agrícola y alimenticia hacia un mayor consumo de carne y productos lácteos así como de otros alimentos de producción intensiva que repercutirán en el uso sostenible de los recursos naturales.

“En 2050 habrá 10.000 millones de personas con mayores ingresos disponibles, lo que implicará cambios en la dieta hacia productos más sofisticados y menos eficientes con proteína animal que requerirá que la producción global de alimentos aumente un 60%”, dice el directivo de este organismo multilateral que financia y apoya proyectos de desarrollo agrícola con inclusión e implicados en la adaptación y mitigación del cambio climático. “No habrá más remedio que mejorar la productividad agrícola de forma sostenible para cubrir la demanda creciente y transformar los sistemas alimentarios para que sean más eficientes, inclusivos y resilientes”, añade Foscani.

Tratar de reducir las emisiones es una de las medidas de mitigación más importantes, pero más. Tener un buen sistema de monitoreo y de predicción del clima que ayude a saber qué se puede sembrar y qué no, mejorar la eficiencia en el manejo del agua y de la tierra, usar semillas mejoradas, recuperar el conocimiento ancestral indígena o avanzar en el control de plagas y enfermedades serían algunas. Los expertos también recomiendan optimizar en infraestructuras, particularmente las carreteras. Desde la voluntad política, se pueden promover sistemas de producción agrícola sostenible conocidas como de conservación, disminuir las emisiones, reforestar u otorgar incentivos a los agricultores y a la industria para que incorporen practicas que se adapten al cambio climático. Otro de los grandes desafíos que tiene el sector y la sociedad es el de disminuir el desperdicio de alimentos, tanto en la producción primaria como en la etapa de procesado y consumo. Se estima que 350.000 toneladas de alimentos se pierden anualmente en América Latina y el Caribe.

Los impactos del cambio climático también empiezan a notarse en la salud de los trabajadores del campo. Por ejemplo, cortar caña de azúcar en un ingenio a pleno sol bajo temperaturas extremas puede ser muy duro hasta el punto de llegar a perder más de un kilo de peso por cada hora de trabajo. Algunos estudios médicos realizados a los cortadores de caña del ingenio San Antonio de Chichigalpa, en el Pacífico nicaragüense, revelaron el aumento de algunas patologías renales atribuibles a sus condiciones laborales. La solución no pudo ser más sencilla; implementar un programa de salud ocupacional para prevenir el estrés térmico basado en beber agua, descansar cada hora y establecer zonas de sombra. “Hemos firmado acuerdos con empresas privadas donde además de promover hábitos saludables, les damos equipos para protegerlos del sol y del calor y recomendamos trabajar de 6.30 a 12.00 de la mañana. La productividad ha aumentado porque esto aplica igual que en el deporte. Si un deportista no descansa, no rinde lo suficiente. Con agua, sombra y descanso hemos demostrado que estos trabajadores son más eficientes“, explica Denis Chavarria, especialista en seguridad ocupacional.

El País

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